Adolf Hitler y Albert Speer

en las inmediaciones del Berghof
(verano de 1939).

Conversaciones con Albert Speer
© Autor: Joachim Fest
© Traducción: Marc Jiménez Buzzi

Speer ha traído algunas fotografías que deben incluirse en el libro. Muy sorprendente una fotografía que muestra a Hitler y a Speer sentados en un banco en el Obersalzberg, claramente enfadados el uno con el otro. «Una riña de enamorados», he observado yo no sin cierta ironía. Speer me ha mirado con una arruga de disgusto en la frente. Entonces maticé: nadie diría que se trata de un líder y su seguidor entregado. Las dos personas que aparecen en la fotografía no lo eran, al menos en esencia. La fotografía revelaba una intimidad que no era imaginable entre Hitler y cualquier otro de sus paladines. «Se trata», añadí, «de una pareja que está de morros. ¿Y se habría puesto de morros Hitler con Göring o Himmler? Simplemente los habría echado con cajas destempladas. Ningún otro documento que yo conozca revela tan a las claras la posición excepcional que usted ocupaba en el entorno de Hitler y que en buena medida se explica por razones eróticas».

Speer se indignó al creer que me estaba refiriendo a que entre él y Hitler existía una relación homoerótica activa o incluso una relación homosexual encubierta, pero la aclaración de Siedler lo calmó. Hablamos de su relación personal con Hitler. Reconoció que por parte de Hitler podía existir una motivación sentimental, incluso erótica, a pesar de que la palabra «erótica» le producía claras dificultades. Al fin concedió que a él tampoco lo guiaban «solamente motivaciones objetivas» tales como la admiración por el gran hombre, los proyectos arquitectónicos, etc. En una ocasión ya utilizó la palabra «amistad» para definir su relación, y por más que se lo reprochen, no se desdice.

Speer no podía recordar por qué motivo se pelearon aquel día. Si la memoria no lo engaña, discutieron por culpa de Bormann, que por aquel entonces acababa de empezar la mutilación del Obersalzberg con el fin de promocionar su propia persona como «el hombre para todo». Pero Hitler solía defender a Bormann y discutieron varias veces por culpa del omnipotente secretario. «Apenas hubo otras razones en nuestras desavenencias, exceptuando la época del cambio de año 1943-1944.»

Speer refiere un comentario que hizo Hettlage cuando lo vio conversando con Hitler ante la maqueta de la calle que planeaban construir. Cuando Hitler se hubo marchado, Hettlage dijo: «Señor Speer, debe saber que usted es el amor desgraciado de Hitler.» Speer dice que se quedó pasmado al oírlo y le preguntó qué quería decir. Hettlage se encogió de hombros y se limitó a decir: «Esto es así para lo bueno y para lo malo, ¡téngalo en cuenta!» Cuando le pidió más explicaciones, Hettlage se limitó a mover la cabeza y no se dejó arrancar ni una palabra más. Este comentario no se le olvidó jamás y no paró de preguntarse qué había querido decir Hettlage. «Hoy», ha dicho, «ya lo sé».


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