Desde

LA MUERTE CAÍA DEL CIELO,
de Rolf-Dieter Müller.
CARRERA DE DESTRUCCIÓN.

Miguel Jiménez
5 de enero de 2009

La primera vez que leí algo relacionado con los bombardeos indiscriminados contra Alemania durante la Segunda Guerra Mundial fue gracias a un tomo de "Reportaje de la historia" que había en mi casa, que dedicaba algunas páginas a reproducir un fragmento de los diarios de Goebbels de Noviembre de 1943, durante los ataques aliados contra Berlín. Si al principio se preocupa por sus consecuencias en términos de propaganda (su oficio), enseguida se hace partícipe del gran drama que está viviendo la ciudad en la que vive y da cuenta de la destrucción de barrios enteros en una sola noche. El lado humano de un monstruo. Hasta hace poco no pude satisfacer mi curiosidad de seguir profundizando en el tema, pues mi enciclopedia no me daba suficiente información.

Tengo por leer "El incendio", de Jörg Friedrich donde, por lo que sé, tacha de absolutamente criminal la campaña de bombardeos aliados contra Alemania. En el libro que nos ocupa, se traza una panorámica del "arte" del bombardeo aéreo desde sus humildes orígenes artesanales (bombas tiradas a mano desde aviones casi de juguete) hasta los hechos atroces que todos conocemos. Resulta tremendamente interesante el capítulo dedicado al periodo de entreguerras, en los años 20 y 30, con militares teóricos de la guerra trazando planes absolutamente criminales para vencer al enemigo exclusivamente desde el aire. Valgan como ejemplo estas jugosas declaraciones del italiano Douhet:

"Me parece admisible y aún recomendable atacar ciudades habitadas con bombas de gas; no porque sienta un placer sádico en el asesinato en masa, sino porque este tipo de ataque, gracias a sus efectos materiales y morales, resulta decisivo para la victoria."

Es de agradecer que este gran benefactor de la humanidad dejara claro que no le inspiraba un placer sádico. Y es que nada es más sencillo que justificar lo injustificable si es para derrotar al enemigo. Ya dejó dicho Groucho Marx que inteligencia y militar son términos antagónicos.

En realidad, durante la Segunda Guerra Mundial, ninguno de los dos bandos se atrevió a usar gases venenosos, pero no por cuestiones humanitarias, sino por el temor justificado a represalias del mismo calibre. Está claro que las tácticas modernas de bombardeo aéreo fueron hijas de la Luftwaffe. España fue durante la Guerra Civil un campo de pruebas excelente. En el libro se toma partido en la polémica sobre Guernica defendiendo que fue un ataque legítimo para destruir las vías de comunicación republicana. Sea como fuere, se convirtió en la mejor propaganda contra Alemania y en un precedente sobre lo que iba a suceder en toda Europa en un futuro inmediato.

Ya en la Segunda Guerra Mundial, el punto de inflexión en la batalla de Inglaterra fue la destrucción de la ciudad de Coventry. Rolf-Dieter Müller insiste en que el bombardeo estaba destinado a las fábricas de la ciudad, pero el hecho de estar situadas en el centro de la misma favoreció el incendio. Las represalias aliadas fueron cada vez a más y se hicieron absolutamente devastadoras a partir de 1943, coincidiendo con la decadencia de Alemania en el frente ruso. Por primera vez la concentración de bombas explosivas e incendiarias provocaron el terrible fenómeno de las "tormentas de fuego", contra las que no había escapatoria, pues lo fundían todo a su paso, culminando en el trístemente célebre bombardeo de Dresde, donde la llamada "Florencia del Elba" quedó reducida a cenizas dejando un saldo de 300.000 muertos, la gran mayoría civiles.

Alemania se rindió en mayo de 1945, por lo que se libró por pocos meses de sufrir ataques atómicos que elevaron unos grados más el nivel de horror pues en este caso no solo bastaba un solo avión y una sola bomba para borrar una ciudad del mapa, sino que se dejaba un "regalo" en forma de radioactividad para las generaciones futuras, aunque esta nueva forma de guerra tuvo la bondad de evitar una tercera guerra mundial, ya que los cerebros militares comprendieron que la destrucción mutua estaba más que asegurada.

Respecto al debate moral acerca de si es lícito atacar objetivos civiles, en la Segunda Guerra Mundial se resolvió con una facilidad pasmosa en favor de su licitud. Aquí nos hallamos ante una forma de guerra nunca vista, la llamada "guerra total", donde el enemigo no es el ejército contrario, sino todo el país en su conjunto y en poco tiempo se olvidaron todos los escrúpulos y se bombardeó impunemente cualquier objetivo civil. Sobre esta escalada el autor escribe magistralmente y nos hace diferenciar las diferentes campañas que se desarrollaron en suelo alemán. El autor las justifica como consecuencia inevitable de la guerra y la naturaleza del enemigo al que se enfrentaban los aliados: el nacionalsocialismo.

"En un análisis histórico objetivo no hay lugar para la cuestión de las víctimas y los verdugos. Sería absolutamente erróneo esperar que los británicos se confesaran culpables por ser los principales responsables de los ataques de área contra las ciudades alemanas. Churchill venció a Hitler, y debemos estarle agradecidos por ello. Las esperanzas de que los alemanes fueran capaces de apaciguar a esta bestia por sí mismos no se cumplieron. Desde la perspectiva actual, la táctica de los bombardeos de área nocturnos contra la población civil puede parecer moral y militarmente discutible, pero ¿son por ello un crimen? Sin duda se produjeron atrocidades, ideadas por unos tecnócratas de la nueva arma que, como Harris, fueron discutidos en sus propias filas y tuvieron dificultades para que se aprobara su estrategia despiadada. En el calor de la guerra más violenta de la historia universal, los políticos responsables se vieron arrastrados a hacer declaraciones y tomar decisiones que desde el punto de vista actual pueden resultar pavorosas. Estos políticos utilizaron los medios que la ciencia, la técnica y los militares pusieron a su disposición, a fin de derrotar a un enemigo que usaba los mismos medios".

Y de todo esto ¿qué quedó? Pues montañas de cadáveres como las de la fotografía y un sentimiento de culpa colectiva en Alemania que engendró un olvido histórico de las víctimas de los bombardeos. Solo ahora se les empieza a recordar, en este caso a través de un estudio histórico riguroso y ameno como el que comentamos y que pretende ser un homenaje a la memoria de quienes los sufrieron. A todo ello ayuda la excelente traducción de Marc Jiménez Buzzi, que hace que la lectura sea tan ágil como si se leyera el original.


La muerte caía del cielo. Historia de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial de Rolf-Dieter Müller. © Ediciones Destino
Traducción de Marc Jiménez Buzzi (enero 2008)