El tejado desplomado

Libros Por Eduardo González Calleja.
ABCD las artes y las letras
17 de enero de 2009
número: 886


La muerte caída del cielo. Rolf-Dieter MÜller.Con la colaboración de Florian Huber y Johannes Eglau. Traducción de Marc Jiménez Buzzi. Destino. Barcelona, 2008.379 páginas.

Millón y medio de personas, de un total de 50 millones de víctimas, fallecieron a causa de los bombardeos aéreos durante la Segunda Guerra Mundial. Alemania, que fue el país más castigado junto con Japón, hubo de pagar un tributo de 635.000 muertos, civiles en un 90 por ciento, en aras de la revolución técnico-militar más trascendental de la historia de la humanidad: la guerra en el aire.

Giro copernicano. Este salto cualitativo no se produjo a partir de 1939, sino que la muerte procedente del cielo fue el destino de muchos pueblos europeos o colonizados desde que los italianos inauguraran las misiones de bombardeo sobre Tripolitania y Cirenaica en 1911-12, y fueran imitados por los británicos en Iraq en 1922 o los españoles (con el apoyo germano) en el Rif en 1925 y de nuevo los italianos se aplicaran a la tarea en Abisinia en 1935. Ya en la época de la «paz armada», los militares se habían convertido en los primeros clientes de pioneros de la aviación como Wright, Farman o Blériot. La Gran Guerra propició el primer giro copernicano en la práctica de la guerra aérea: los cambios cualitativos y cuantitativos en capacidad técnica y productiva derivaron en la industrialización y la desindividualización del hecho bélico, lo que afectó de forma inmediata a la imagen y función del incipiente arma aérea, donde el mito efímero de los «caballeros del aire» cedió pronto su lugar a la gestión burocrática de la destrucción en masa.

Faltaban por construirse la doctrina y el instrumento que permitieran subrayar la eficacia decisiva de los bombardeos estratégicos sobre la retaguardia para precipitar una derrota total. Las tesis apocalípticas que remarcaban la eficacia del nuevo dispositivo comenzaron a ser desarrolladas por el brigadier británico Hugh Trenchard en 1915, el oficial italiano Giulio Dohuet en 1921 o Arthur Harris, futuro jefe del Bomber Command, a partir de 1922.

Tortuoso camino. El brazo ejecutor de tales proyectos comenzó a cobrar forma en la Alemania de Weimar, donde la conexión entre el desarrollo de la aviación civil y el rearme secreto acabó desembocando en la creación por Hermann Göring de una Luftwaffe autónoma a partir de 1935. Justo en ese mismo momento, la fuerza aérea británica ponía en marcha el Bomber Command con el propósito de llevar a cabo una guerra al margen de las constricciones estratégicas del conflicto militar «convencional». De todo ello se deduce que la guerra en el aire no fue un acontecimiento aislado en el tiempo, sino un tortuoso camino. Rolf-Dieter Müller enfoca todo este proceso desde una perspectiva histórico-militar, ajena a cualquier sensacionalismo y atenta a los factores técnicos, tácticos y estratégicos antes que a los políticos, sociales o culturales.

Con ello trata de soslayar la fuerte carga emocional que sigue teniendo la memoria de los bombardeos, especialmente en su país, si bien junto a las frías estadísticas de los resultados de las incursiones aéreas incorpora testimonios personales de los pilotos y de las víctimas. Su tesis central busca matizar el origen de los bombardeos estratégicos alemanes, achacando la responsabilidad de la escalada a la voluntad política de Churchill y al planteamiento estratégico del Bomber Command desde mayo de 1940. En su opinión, el éxito en la aplicación de la táctica de Blitzkrieg localizada en el frente de batalla hizo que alemanes se limitaran a atacar objetivos de relevancia militar hasta que los bombardeos de Berlín de agosto-septiembre de 1941 indujeron a Hitler a ordenar ataques masivos de represalia, no contra radares o aeródromos, sino contra las defensas antiaéreas y luego contra centros industriales. A diferencia de la Luftwaffe, el Bomber Command sí introdujo un cambio estratégico en la guerra aérea: los bombardeos de área o de saturación sancionados por la directiva de 14 de febrero de 1942, que planteaba sin tapujos la destrucción planificada y masiva de las áreas residenciales.

Bombardeo de terror. No se trataba, pues, de hacer cesar la producción, sino de eliminar ciudades enteras, imponiendo el bombardeo de terror como norma, y no como excepción, como aceptaba el Estado Mayor germano, que a inicios de la guerra tampoco disponía de medios para desencadenar una guerra aérea sistemática y total contra la población civil del adversario.

Este artificioso reparto de responsabilidades (ingleses y alemanes se plantearon casi al tiempo el empleo masivo del avión de bombardeo como arma estratégica, pero los primeros lo llevaron más lejos por decisión propia y ante la evidencia de la creciente debilidad del enemigo) trata en última instancia de exonerar a la Luftwaffe (no al régimen nazi) de las consecuencias de esa escalada. Pero en la práctica no se perciben grandes diferencias en los propósitos de los contendientes, sino en la capacidad destructiva que pudieron desplegar en el momento decisivo. Tampoco los alemanes hicieron demasiados esfuerzos por discriminar entre puntos militarmente estratégicos y la población civil en las ciudades industriales de Inglaterra.

Lo que resulta constatable es la aceleración de la técnica y la táctica de la guerra aérea a partir de 1943: tras la Conferencia de Casablanca de enero, donde Churchill y Roosevelt decidieron los ataques sistemáticos contra el potencial bélico alemán que derivaron en la «batalla del Ruhr» de inicios de marzo de 1943, la rueda infernal de bombardeos masivos y las campañas de reconstrucción para limitar daños y restaurar la moral llevaron a su culmen la totalización y la brutalización de la guerra. Aun no compartiendo del todo las tesis parcialmente exculpatorias de Müller, es preciso reconocer que los ataques aéreos aliados de la primavera de 1945 muestran las trazas de un terror masivo e inútil, ya que el enemigo no se rindió por esa causa. La dura enseñanza que se extrajo para el futuro es que no se podían realizar bombardeos «clínicamente limpios», y que nadie podía calcular la cantidad de muertes y de tejados desplomados que se necesitaban para que un pueblo se rebelara contra su gobierno o le indujera a pedir la paz.

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La muerte caía del cielo. Historia de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial de Rolf-Dieter Müller. © Ediciones Destino
Traducción de Marc Jiménez Buzzi (enero 2008)