Cuestiones morales

Justo Navarro
El País 12/01/2008

Próximamente se editarán libros de Laurence Rees, Rolf-Dieter Müller (La muerte caía del cielo. Traducción de Marc Jiménez Buzzi.) y Pierre Péju

La II Guerra Mundial es hoy la lente a través de la que vemos nuestras guerras: el choque entre Bien y Mal, aliados y nazis, la personificación del diablo en el jefe enemigo, Hitler, por ejemplo, como viene a recordarnos el cartel americano de 1942 reproducido en la portada de la última y visionaria novela de Norman Mailer, El castillo en el bosque (Anagrama, 2007), con su eslogan religioso, “líbranos del mal”, sobre la imagen de una niña que sufre atrapada en los brazos de la cruz gamada. Fue la guerra absoluta, la enemistad absoluta con el enemigo, la ratificación de que, como decía Carl Schmitt, la distinción entre amigos y enemigos es lo más importante en la guerra y en la política. Y la guerra de la enemistad absoluta no conoce limitaciones: “Encuentra su sentido y su legitimidad”, apuntaba Schmitt, “en la voluntad de llegar a las más extremas consecuencias”.

La conversión del enemigo en demonio o monstruo acaba sugiriendo la posible presencia de monstruos en nuestro bando amigo. Laurence Rees, autor de Auschwitz, los nazis y la solución final (Crítica, 2005), publica ahora Los verdugos y las víctimas, 35 entrevistas en las que se mezcla la reflexión y la conversación con los supervivientes de la carnicería. “Tengo la sospecha de que soy la persona viva que ha conocido a más genocidas de la II Guerra Mundial”, dice Rees, que presume de haber hablado con “violadores, asesinos y caníbales”. Pero también entrevista a héroes que, a su pesar, hubieron de afrontar las peores atrocidades imaginables. Rees trabaja fundamentalmente para las cámaras de televisión, ante las que ha querido reconstruir el pasado con perspicacia periodística y paciencia detectivesca. La televisión se ha convertido en una fuente generosa de historia oral, y Rees ha sentado ante la cámara a veteranos de las SS, kamikazes, soviéticos, oficiales ingleses, un belga nazi tuerto y manco, prisioneros de campos de exterminio, actrices que recuerdan los maravillosos ojos azules de Hitler, un americano que bombardeó Tokio y todavía siente el olor a orina y excrementos quemados. Son gente normal que ha pasado por experiencias excepcionales. Las víctimas siguen doloridas. Los criminales defienden su derecho a actuar en cumplimiento del deber, de acuerdo con las circunstancias del momento. No se arrepienten. Y, como dice Rees, el objetivo del trabajo sería entender esta aberración.

Theodor Plote, personal de tierra de la Luftwaffe durante la campaña contra Polonia y Gran Bretaña, recuerda la guerra como una gran aventura. “Nos decían: el soldado no debe pensar, mejor dejarlo para los caballos que tienen la cabeza más grande”. Su testimonio aparece en La muerte caída del cielo. Historia de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, de Rolf-Dieter Müller, con la colaboración de Florian Huber y Johannes Eglau. Müller fue el primero en investigar, junto al periodista Rudibert Kunz, el uso de gas tóxico en la guerra española del Riff, entre 1921 y 1927. Ahora escribe la historia de la guerra en el aire, desde el conflicto italo-turco de 1911 hasta los bombardeos sobre Alemania y Japón en 1945. Y, si en algún momento parece adherirse a la línea iniciada por Jörg Friedrich en El incendio (Taurus, 2005), donde los bombardeos finales de las ciudades alemanas son presentados como crímenes de guerra, Müller llega a conclusiones muy distintas, aún más radicales, en mi opinión, que las que ofrece Frederick Taylor en su Dresdem: Tuesday, 13 february, 1945 (Bloomsbury, 2004). Taylor explica el bombardeo por la existencia de 120 fábricas dedicadas a la industria de la guerra en Dresde, nudo ferroviario fundamental en la resistencia al Ejército Rojo, a pesar de que la propaganda nazi la definiera como ciudad artística, “la Florencia del Elba”. Las bajas civiles, según Taylor, serían culpa de las autoridades alemanas, responsables de la mala defensa y la pobre protección de los habitantes. El alegato de Taylor recuerda lo que un piloto alemán declaraba a Müller: “En Coventry las fábricas de armamento estaban tan imbricadas con las zonas de viviendas, que era imposible distinguir entre objetivos militares y civiles”. El bombardeo de Coventry en 1941 puso de moda la palabra “coventrizar”, es decir, aniquilar una ciudad desde el aire.

Rolf-Dieter Müller considera la II Guerra Mundial “la guerra más sangrienta de la historia, una orgía de violencia y destrucción que partió de Alemania y retornó a suelo germano en forma de bombardeos”, y entiende que los crímenes nazis serían la causa indirecta de las bombas aliadas, “único medio de detener a los asesinos en masa”. Por otra parte, si la población civil trabajaba en la industria de la guerra y la victoria exigía la destrucción de la capacidad industrial enemiga, los bombardeos no sólo tenían efectos pedagógicos o morales, encaminados a disuadir al enemigo de continuar el combate. Los “actos de terror y destrucción desenfrenada”, como decía Churchill, cumplían el objetivo que, “con toda claridad y franqueza”, exponía en el otoño de 1943 Arthur Harris, mariscal del Aire británico, citado por Müller: “La destrucción de las ciudades alemanas, la muerte de los trabajadores alemanes y la desarticulación de la vida social civilizada en toda Alemania”. El punto concluyente de una historia de terror iniciada en la Guerra Civil española sería Japón, con Hiroshima y Nagasaki, dos explosiones atómicas que eclipsarían el bombardeo incendiario de otras ciudades niponas, recordado por uno de los entrevistados por Laurence Rees.

El buen fin de aniquilar el mal justificaría los bombardeos aliados. “Jehová llovió sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego”, dice la Biblia (Génesis, 19.24), traducida por Casiodoro de Reina. “El humo subía de la tierra como el humo de un horno”. Bombas incendiarias arrasaron Hamburgo en la llamada Operación Gomorra. La guerra se había convertido en golpe y contragolpe, venganza recíproca. Las V-1 y V-2 que caían en 1945 sobre Londres, Bruselas y Amberes llevaban la V de Vergeltung, represalia, venganza. Y Represalia (Minúscula, 2006) es el nombre de la novela de Gert Ledig, publicada en 1956, reeditada en 1999, y reivindicada por W. G. Sebald en Sobre la historia natural de la destrucción (Anagrama, 2003). Ledig, voluntario en la Wehrmacht a los 18 años, soldado en Rusia en un batallón de castigo, herido y mutilado, contó 69 minutos del bombardeo de una ciudad alemana sin nombre, probablemente Múnich en julio de 1944, por estratos: de los aviones a los refugios convertidos en hornos crematorios, sin eludir el asfalto hirviente de las calles. La aparición de Represalia condenó a su autor a ser “excluido de la memoria cultural”, dice Sebald. En 1956 “traspasaba los límites de lo que los alemanes estaban dispuestos a leer sobre su más reciente pasado”.

En la raíz de La risa del ogro, novela del francés Pierre Péju, otra vez encontramos la II Guerra Mundial, realidad mítica que da forma a la imaginación y las fábulas contemporáneas. “¿Cómo pudieron los nazis disparar a bocajarro a niños y mujeres judíos?”, se preguntaba Laurence Rees en Los verdugos y las víctimas, tras veinte años tratando de encontrar la respuesta, y la misma pregunta se repiten sin fin los personajes de Péju, desde 1963 a 2037, desde la adolescencia a la vejez. Una matanza de judíos en Ucrania, perpetrada en 1941 por las SS, es el principio y núcleo de la novela, ocho días seguidos de fusilamientos, registrados en el diario de un médico de la Wehrmacht, y recordados por su hija adolescente con un amigo francés, estudiante de alemán en verano. También el médico tuvo un amigo, el teniente Moritz, que un día se perdió con sus hijos en el bosque, como aquel oficial alemán que llevó de la mano a dos niños judíos al claro donde los iban a matar. Pierre Péju es especialista en el romanticismo alemán, biógrafo de E. T. A. Hoffmann y estudioso de los cuentos de hadas, y la Baviera de 1960 que imagina en La risa del ogro, con su paz amnésica, es un país encantado, en traje regional, pantalones de cuero y chaqueta negra bordada en plata, botones relucientes y una flor de edelweiss de asta de ciervo en los tirantes. Es un paraíso sin inocencia. Los adolescentes crecen, se separan, se reúnen para volver a separarse, Clara y Paul, escultor y fotógrafa de guerra. El pasado está en el presente. Las guerras se suceden, Argelia, Vietnam, Palestina, Líbano, Chechenia, Oriente. Clara busca adivinar un secreto en sus fotos: cómo la maldad individual se multiplica en una inmensa espuma negra. Lo peor no lo capta la película. Pierre Péju descubre la equivalencia entre el olvido del pasado y la indiferencia ante el presente. Los exterminados en masa escapan a nuestra compasión. El bienestar individual es compatible con el horror masivo y remoto. La experiencia de la II Guerra Mundial marca la mirada sobre las guerras de hoy, cuando fabular sobre las barbaridades nazis se ha convertido en un tópico literario en el que está resuelta de antemano toda duda sobre el bien y el mal. Pero el historiador británico Richard Overy (Por qué ganaron los aliados, Tusquets, 2005), en una crítica a los supuestos de Jörg Friedrich sobre los bombardeos de Alemania, se planteaba una posible duda razonable: “Parece difícil creer que los países del mundo occidental mataran a más de 650.000 personas para defender su particular versión de la civilización”.

Los verdugos y las víctimas. Laurence Rees. Traducción de Antonio Prometeo Moya. Crítica. Barcelona, 2008. 288 páginas. La muerte caía del cielo. Rolf-Dieter Müller. Traducción de Marc Jiménez Buzzi. Destino. Barcelona, 2008. 384 páginas. La risa del ogro. Pierre Péju. Traducción de Teresa Clavel. Salamandra. Barcelona, 2008. 286 páginas.