Hace ocho años
Introducción a la traducción, texto original y defensa de la traducción

Una traducción de Kurt Tucholsky
por Marc Jiménez Buzzi

Cosacos, ulanos, belgas, franceses, serbios e ingleses
se mataban unos a otros. La tierra chupa la sangre,
el hierro atraviesa la carne, las casas llamean, las mujeres y
los niños lloran, y ministros, diplomáticos,
políticos y periodistas van en coche, yacen al
lado de célebres actrices, se atiborran.

Henry Guilbeaux: Karl Liebknecht

 

 

 

 

Hoy hace ocho años, mientras yo iba bajando por la Kantstraβe en Berlín, todo el mundo alborotaba henchido de ebriedad patriótica. Se arrancaban de las manos los periódicos extra, gesticulaban furiosamente, perseguían a las personas de piel oscura, a las que en su desvarío tomaban por espías, y se quedaban tiesos de veneración si se acercaba, el monóculo brillante, cualquier uniforme. Frente a un tenderete de verduras había un hombre mayor, y junto a él su esposa y tres niños. Estaban allí en fila y lloraban. Quien sea de Berlín comprenderá que este espectáculo, en cualquier otro momento, habría producido un efecto un tanto cómico; a mí, entonces, no me hizo ninguna gracia. La calle había perdido la cabeza; solamente aquel hombre sabía lo que se le avecinaba.

Los otros parecía que no lo sabían. El modo en que el país se comportó durante aquellos infaustos días de agosto de 1914 puede adivinarse a partir del orgulloso descaro con que los nacionalistas hablaban sobre el engaño de una nación entera. Llamaban a esa mezcla de mentiras de la prensa y de servicio militar obligatorio “el espíritu de 1914”, y eso es lo que parecía. Hoy es el momento de reconocer la verdad: la locura se apoderó de las masas hasta lo más profundo de la clase obrera, una locura que la escuela y el militarismo prusiano habían preparado brillantemente, y el Berliner Lokalanzeiger, junto con otros periódicos de la misma tendencia, daba fe a fulano y a mengano de que iban a hacer “historia”, y de que aquellos eran “grandes tiempos”. Grandes sí que lo fueron, sólo que por desgracia un par de números demasiado grandes.

Siendo yo un joven estudiante, estuve ayudando al hijo de un general prusiano de nombre muy famoso para que pudiera acceder al bachillerato, pero el chico era tan imbécil que Su Majestad el Kaiser terminó por regalárselo. Aquel día volví a verlo: allí bajaba en coche por el Kurfürstendamm ese pedazo de desgracia uniformado, apoyado sobre un gran sable de batalla con un aire de lo más a la Hindenburg. De sus ojecitos estúpidos surgía un relámpago: “¡Éste es mi tiempo!”

Pues era el suyo. La danza que se llevaba a cabo encima de las espaldas de los proletarios, encorvadas con tanto palo, permitía que aquellos que siempre son los primeros en gritar si es para la muerte de los demás, cruzaran el mar Rojo sin mojarse los pies. Hoy ya no sabe uno qué es más repugnante: el comportamiento, durante la guerra, del cuerpo de oficiales alemán para con sus compatriotas (la Reichswehr todavía mantiene “Traditionskompanien” para que esto no se olvide), o la postura de la regencia. Es el momento de recordar cómo estos nobles, ya con las vigas de la casa crujiendo antes de desmoronarse, negaron a las masas obreras el derecho a sufragio universal, las mismas masas que ofrecieron su pecho descubierto a las balas enemigas, munición a la que se dio un cheque en blanco; los mismos trabajadores que estuvieron de centinelas, se arrastraron por pantanos y fosas de barro, y que, sucios y andrajosos, tuvieron que permanecer lejos del hogar, del trabajo y de los hijos.

Hoy el obrero, por fin lúcido, ve claramente lo que fue aquella guerra. No fue ni una especie de necesidad natural, ni el encontronazo de dos tendencias espirituales, ni el “baño de acero” para el alma de un pueblo. La guerra fue otra cosa.

Aquella guerra fue la consecuencia natural del sistema capitalista. Otra de sus causas, ésta más lejana, se encuentra en la exaltación ridícula de la idea de Estado, de aquel estado soberano que considera cualquiera de los muchos procesos judiciales ordinarios que tienen lugar cada día como una ofensa contra su propiedad. Los militares, que en un principio solamente fueron un medio y que ahora ya son un fin en sí mismos, instigaron por su cuenta todo cuanto pudieron. El soldadito errante a quien el pueblo había tenido que aguantar subido al trono durante 25 años volvió de Noruega derrotado y jadeante, y emborronó los márgenes de las actas con sus inmortales observaciones: “¡sandeces, pamplinas! ¡Cuadrilla de criminales!”. A sus 6 hijos les iba bien. La nación estaba disponible: apta para el servicio en el frente.

Hoy ya tenemos conocimiento sobre el alma del soldado alemán en el frente. Embrutecidos como estaban, avanzando con indiferencia y contentos si amanecían al siguiente día, estos hombres ya no tenían alma: la instrucción y la marcha militar se la había arrebatado. En cambio, la instrucción les había inculcado la obediencia más obtusa que conozca la historia universal y que les obligaba, a falta de cerebro, a ponerse firmes delante de una charretera. Sépase que, lo mismo en los dos bandos, el clero contribuyó a que se perpetrara tal ignominia. San Mateo 5, 43-44: “Habéis oído lo que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.” Olvidaron la palabra de su Señor.

Mientras tanto, en los altos mandos del ejército se daban la gran vida. Los menús del cuartel general ya no están al alcance de ningún bolsillo, teniendo en cuenta los precios actuales; pero, eso sí, uno se quedaba más tranquilo al ver que los nombres de todos los manjares venían escritos en alemán: eso les daba un sabor más patriótico.

La zona de retaguardia... Se ha culpado de todo a la retaguardia. Pero la retaguardia no cayó de la luna; antes bien, un espejo para el superior alemán, le mostraba su modo de comportarse en ocasiones en las que no se jugaba el cuello. En la retaguardia hubo superiores alemanes, y muchos. Se sabe que uno no debe ir a buscar a la cama a sus adversarios políticos, pero si no vas a hasta la cama de esta clase de patriotas, del príncipe al sargento chusquero, difícilmente podrás encontrarlos.

Los excesos perpetrados por las tropas aliadas en el Rin no pueden perdonarse. Pero, ¿acaso los señores que, sentados cómodamente en su sillón, se ponen a recordar “batallitas de la guerra”, olvidan que esto no es más que el pago de una deuda, una reparación por todo lo que se hizo desde Charleville hasta el último de los destacamentos de gendarmería rumanos? Los que hoy atacan a los ministros, entonces eran oficiales, y en Lille mandaban a gritos sobre una compañía de trabajos forzados, la cual estaba formada por hombres y mujeres belgas y atentaba contra el derecho internacional. Mujeres de familias honradas habían de someterse a las inspecciones de la policía correccional. (Cuando uno dedica todo el día a combatir a los bolcheviques, no es extraño que se olvide de estos detalles insignificantes). Llegó la derrota. Ni el agua ni la sangre podrán diluir aquel telegrama de Herrn Ludendorff, alias Lindström, en el que, junto con su amigo Hindenburg, lloriqueaba por negociar las condiciones del armisticio dentro de 24 horas. Los héroes necesitaron 4 años para darse cuenta de que no podían ganar. Hoy escupen sobre la patria y extienden la creencia de que el enemigo está en casa, y no tienen culpa de nada.

¿Moraleja?

Los generales no pueden acaudillar ninguna guerra si no disponen de los soldados.

Los malos tratos que los militares franceses infligieron a los prisioneros alemanes dan lugar a que muchos digan todavía hoy: “Si es contra Francia, ¡yo me cargo mi fusil en el hombro y me apunto otra vez!” Pero si se apunta otra vez, disparará contra camaradas, contra trabajadores, contra hombres que se encuentran bajo el yugo del capitalismo lo mismo que él, fanático soldado. A quienes hay que disparar, los verdaderos culpables, jamás podrá apuntarlos. Estarán escondidos en París, del mismo modo como los de nuestro bando se esconden en Berlín.

¿Moraleja?

Nuestra responsabilidad es negarnos a hacer el servicio militar, y no sólo en beneficio de nuestra propia persona. Nuestra responsabilidad es educar a los jóvenes para librar a nuestros hijos del tres veces maldito espíritu prusiano, el causante de tanta desdicha en el mundo. ¿Dejaréis que os engañen de nuevo? Escriben sus periódicos y sus mentirosos libros de lectura de manera que parezca que ellos fueron buenos lansquenetes alemanes. Cuando no eran más que comerciantes disfrazados.

¡Honremos la memoria de Karl Liebknecht, uno de los pocos hombres que, en medio del delirio universal, siempre mantuvo la cabeza bien alta, sin doblegarla bajo un casco de acero! ¡Honremos la memoria de todos aquellos que utilizaron todos los medios, aun algunos ilegales, con tal de trabajar con él en contra de la guerra!

¿Moraleja?

Sólo puede ser una para quien contemple el mundo con los ojos abiertos. Para nosotros, socialistas, sólo puede haber una moraleja en esta guerra.

Si una pandilla de funcionarios con delirios de grandeza, de codiciosos fabricantes de cañones, de especuladores del pan de cada día, de redactores chillones y de príncipes retirados con sus mujeres ufanas y vanidosas tratan de instigar una nueva guerra, que se levante entonces como un solo hombre la parte de la nación alemana con más dignidad, la clase obrera, para arrebatarles a todos esos el casco y la bandera, y, aleccionados por la sangre, endurecidos por el dolor, estalle en el grito:

¡Guerra nunca más!

Autor: Ignaz Wrobel (Kurt Tucholsky, Freiheit, 01.08.1922)

© de la traducción: Marc Jiménez Buzzi