A modo de conclusión
Una traducción de Kurt Tucholsky
Marc Jiménez Buzzi

La conclusión de Tucholsky es el silencio. El dardo sutil de su palabra es aplastado por el grito y el hacha de la barbarie. El satírico siente que su arma nada puede contra los nazis y se quita la vida el 21 de diciembre de 1935. Con el lamento de que su obra no haya podido evitar lo que siempre supo inminente; de que su esfuerzo haya sido estéril. Pero a Tucholsky se le sigue leyendo, y su palabra cobra vida en cada interpretación nueva.

Y su lectura no puede ser baldía. Por una parte, las instituciones contra las que dirigió su sátira le han sobrevivido y están todavía sobre nuestras cabezas, tratando de sobornarlas. Su perspicaz crítica de la instrumentalización de la prensa y de la palabra no es ahora menos pertinente que entonces. Además, no puede marchitarse el mensaje humanista que subyace a su obra, sin dar en panfletarios moralismos, sino transluciendo en la justeza de su estilo invisible. La perspicacia, habilidad de pensamiento aplicable y claridad de exposición de este autor invitan a su lector a pensar por cuenta propia, más por imitación de un modelo que por seguir una exhortación explícitamente formulada. Con la lectura de Tucholsky, igual que ocurre con la de otros satíricos (Kraus, Swift), tiene uno la impresión de estar menos indefenso ante la mentira que nos acecha en las palabras de los poderosos. Reivindicación de la opinión propia e irreductible de cada uno, los artículos de Tucholsky desenmascaran las falacias lanzadas al vuelo como objetividades.

No hay dogma bueno. Tucholsky es un crítico, un escéptico que no cesa de buscar. Lee los periódicos y descubre calladas tendencias detrás de cada foto, en cada palabra una reducción absurda y manipulada de la realidad. A éstos sus enemigos aplicó el correctivo de su sátira y de su ironía, con el objetivo de desenmascararlos. De quitarles la máscara de la mentira. Pero si consideramos que la ironía consiste en dar a entender una cosa diciendo otra cosa distinta (aun a veces su cosa contraria), habremos de admitir que Tucholsky se pone a su vez una máscara; que combate la mentira incurriendo en ella.

No obstante, estas dos clases de transgresiones de la verdad están a tanta distancia una de la otra como la mentira maligna de la mentira benigna. La mentira está movida por unos intereses puramente egoístas: construye una ficción que se impone al crédulo y lo subyuga. La mentira desprecia a su interlocutor, no ve en él más que un medio para el fin de su ambición de poder. La ironía, en cambio, es una mentira que se denuncia a sí misma; un discurso que no quiere ser creído, sino “comprendido”, esto es, deconstruido en tanto que mentira y reconocido como verdad. Este discurso no quiere imponerse a la fuerza sobre su interlocutor (al que ya no ve como un enemigo, sino como un compañero); sino que le exige el gratificante esfuerzo de la comprensión activa. Así el ironista rinde honor al ironizado, da por supuesta la sagacidad interpretativa del interlocutor; es más, trata a éste en pie de igualdad en el contexto de un verdadero diálogo. La mentira es un estado de guerra; la ironía es un estado de paz. En palabras de Jankélévitch, “a jeu agile, ouïe subtile!” (“a juego ágil, ojo sutil). La ironía apela a nuestra comprensión; parece que nos invite a completar por nuestra cuenta, a rectificar la oblicuidad de su mensaje; esto es, a pensar (y aquí reencontramos la exhortación de Kant).

La ironía expresa una mentira, pero sólo para hacerse comprender, dando pistas para que se la pueda interpretar. De este modo, al final del proceso de “traducción” de la ironía, la verdad luce con mayor brillo del que resultaría del enunciado seco y directo. Es de rigor citar de nuevo a Jankélévitch: “Exprimer pour voiler, mais aussi voiler puor mieux suggérer (...) voilà l’invisible visibilité, la transparente opacité du masque ironique.” (“Expresar para velar, pero velar sólo para mejor sugerir (...) he ahí la invisible visibilidad, la opacidad transparente de la máscara irónica.”).

La tendencia humanista de Tucholsky, conservada en su ironía, no puede morir. Cada lectura ha de ponerla al día. Por eso traducirlo no está de más, aunque no es fácil tarea. En la traducción de Tucholsky he dado con algunas dificultades. En primer lugar, en sus textos se dan cita numerosas referencias a personajes y circunstancias contemporáneos a su redacción. La crítica en Tucholsky seguía un método que iba de lo concreto a lo general, de lo visible a lo oculto; su objetivo último era desenmascarar una tendencia o una institución, pero siempre partía de la manifestación empírica de éstas. Por eso me ha sido obligado documentarme sobre el período histórico contextual a estos textos (los primeros años de la República de Weimar); y por eso será de utilidad consultar la primera parte de este trabajo antes de leer los textos que aquí se han traducido. Luego he tenido la dificultad del conflicto de fidelidades –no a las dos lenguas con las que he trabajado, conflicto consubstancial a cualquier proceso de traducción— sino a los dos registros o planos discursivos de mi autor. En el nivel referencial había que prodigar la máxima observancia a la traducción exacta de los conceptos y de las palabras que los vehiculan. Y por otro lado había que ser fiel al tono humorístico de los giros y expresiones de Tucholsky, a la ironía que refuerza a la argumentación. Sea como fuere, dejo en las manos de quien esto lea el juzgar en qué medida he conseguido que el espíritu de los textos de Tucholsky no se haya quedado en el camino que los ha llevado de una lengua a otra.

© Marc Jiménez Buzzi