Teoría de mi traducción
De Cicerón a Benjamin, las aproximaciones al fenómeno de la traducción han sido tan numerosas como variadas en sus metodologías y aspiraciones. En su primer período, que George Steiner (1995: pág. 246) hace extensible desde el “célebre precepto de Cicerón de no traducir verbum pro verbum” hasta los comentarios con que Hölderlin acompaña sus traducciones de Sófocles en 1804, la teoría de la traducción se caracterizó por su orientación empírica. Los análisis y conclusiones surgen directamente de los traductores. La segunda fase, en cambio, es de teoría e investigación hermenéutica. La cuestión de la naturaleza de la traducción es planteada dentro del contexto más general de las teorías sobre el espíritu y el lenguaje. Pero a pesar de la variedad de las distintas aproximaciones y de la talla de quienes han escrito sobre el arte y la teoría de la traducción, el número de las ideas originales en cuanto a su aplicación es más bien reducido. Ronald Knox reduce toda el tema a dos preguntas: “¿qué debe predominar, la versión literaria o la versión literal? ¿Está el traductor en libertad de expresar el sentido del original en cualquier estilo y giro que elija?” Una sola cuestión de fondo: ¿Traducción libre o traducción literal? En el extremo de la literalidad absoluta está el método de traducir palabra por palabra, el método de la metafrasis. En el de la libertad, la imitación, la recreación, la variación o la interpretación paralela. Dryden da muestras del common sense británico y señala el camino de la buena traducción: entre los dos extremos, la paráfrasis o traducción liberal. Aunque el traductor no pierde nunca de vista al autor, “se atiene con menos rigor a las palabras que al sentido, que si bien puede ser desarrollado, no admite alteración”. Por la paráfrasis “el espíritu de un autor puede ser trasvasado sin perderse.” En palabras de Steiner, “ideal, perfecta, la traducción no hará sombra a la autoridad del original, pero mostrará ese original tal y como hubiese sido de haberse escrito en la lengua del traductor”. Decir que, para traducir a Tucholsky, yo he seguido el método la de metafrasis no es decir mucho. Hoy en día son pocos los traductores que no aspiran a traducir el sentido de la obra original, más que todas sus palabras y en el mismo orden (la literalidad absoluta ya se ve impedida por las diferencias intrínsecas de las distintas lenguas); o que no tratan de ser fieles al espíritu de la obra que traducen. Si toda traducción parte de una vocación de metafrasis, para justificar la mía será necesario explicar qué se entiende aquí por sentido y qué por el espíritu de la obra de Tucholsky. El espíritu de Tucholsky aquí no es más que mi forma de entenderlo, el amor y el odio que me inspire. En la primera parte de este trabajo he expuesto mi lectura de Tucholsky, mi interpretación del hombre y de la obra: los límites y el horizonte que determinan mi traducción para bien o para mal. Lo único que se puede hacer es ser consecuente con ella. Yo quiero ser fiel al sentido, que no al significado de todas las palabras. Para trasladar el sentido, las unidades de traducción no siempre son las unidades léxicas. Pueden ser unidades mayores a la palabra (un sintagma, una frase, un párrafo, un texto entero) o incluso menores (un acento significativo o el color de una letra). La identificación, la delimitación y la selección de esas nuevas unidades se basan en el conocimiento de las funciones lingüísticas del texto y de las intenciones del autor. No es lo mismo traducir un discurso con función referencial que otro que sea poético, o emotivo, o un tercero que sea apelativo. En un mismo texto casi siempre se encuentran sub-textos con funciones distintas, condicionadas por las intenciones y estrategias del escritor y cuya traducción habrá de adaptarse a cada caso. Cada unidad de traducción exige un grado de acercamiento a los extremos de literalidad u oblicuidad único y específico a sus características. Por lo complejo de este proceso que es la traducción, y que aquí sólo se ha descrito superficialmente, ha de verse cuán arduas y conflictivas son las elecciones que trae consigo, y numerosas las pérdidas que siempre se producen. Por eso la traducción es siempre nueva y siempre cuestionable. Pero también siempre justificable. De las elecciones que yo he tomado ante cada problema, y de las pérdidas que he tratado de contrarrestar, prefiero hablar por apartados en los siguientes.
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