Prensa y realidad
Introducción a la traducción, texto original y defensa de la traducción

Una traducción de Kurt Tucholsky
por Marc Jiménez Buzzi

Mrs. Dubedat: ¿Qué has  dicho, amor mío? No entiendo lo que dice... (Sus labios vuelven a moverse.)
Walpole  (se  agacha y escucha):  Él quiere saber si es que hay un periodista.

Shaw: El médico en la encrucijada

 

 

 

    

Sería de creer que los acontecimientos, a medida que fueran sucediendo, se deslizasen automáticamente hasta los periódicos, del hecho a la noticia de prensa, de la realidad a su repetición. Esto no es así. Porque la reproducción de la realidad es infinitamente más importante que el hecho en sí, y por eso la realidad, desde hace mucho, viene esforzándose por presentarse ante la prensa bajo un aspecto acomodaticio a las exigencias de ésta. El periodismo es el tejido de mentiras más complejo que jamás se haya inventado.

Bien lejos de querer ofrecer las noticias de los acontecimientos de forma que reproduzcan en lo posible el modo como éstos se han producido, y así acercar en lo posible la reproducción a la verdad, los esfuerzos de todos los profesionales de la prensa van dirigidos a utilizar todos los medios técnicos y organizativos a su alcance para construir una reproducción que tome un cariz de verdad para el público, pero sin que por ello queden en entredicho los intereses de los clientes, de la industria o de los partidos políticos.

El redactor está embebido del axioma que reza que es imposible relatar un acontecimiento exactamente como haya sucedido, y así acaba por perder toda consciencia acerca de cómo llega a falsear la realidad. Dejo fuera del presente estudio todos los casos de corrupción clara —la menos peligrosa—, y tomo como objeto de mi investigación tan sólo la práctica más habitual en el país.

Es esencial en un periódico, ante y sobre todo, lo que trae y lo que no trae. Nadie admitirá que cada día indefectiblemente tenga lugar una cantidad de hechos relevantes convertible ni más ni menos que en dieciséis páginas; pero casi todo el mundo admitirá que en tal número de páginas puede mostrarse lo esencial o, por decirlo así, el extracto de todos los acontecimientos del día. Yo no creo que esto sea el caso. El periodista hábil tiene un arma de la que acostumbra a echar buena mano: su silencio. Para todo periódico, una serie de personas, cosas, esferas de intereses son tabú, y de ellas no se habla nunca, ni para bien ni para mal. Sucede muy a menudo que el lector no tiene noticias de revoluciones intelectuales, de epidemias intelectuales o de importantes colectividades hasta mucho después de que se hayan producido y hasta mucho después de que sean visibles sus consecuencias. Así, por ejemplo, para la gran mayoría de la prensa no existe esa fuerte tendencia religiosa que se ha venido desarrollando al margen de la religión oficial, y que al no tener ninguna resonancia en la prensa, ha de buscarse compensaciones en sectas y apóstoles. Con esto se matan dos pájaros de un tiro: el lector termina por no prestar demasiada atención a todas estas cosas, así como tampoco se produce la resonancia pública que podría respaldarlas. Se tiene que ser realmente fuerte para que no puedan silenciarle a uno.

Otra cosa es lo que el periódico trae. Y en este punto la realidad le es de mucha ayuda. Veremos a continuación de qué medios ésta se sirve para atraer la atención de la prensa, y, con ella, la de la opinión pública. Claro está que la prensa, más que reflejar la realidad, elige su materia, y en esta su elección se ve respaldada e influenciada por la propia realidad.

Huelga decir que los periódicos con intereses partidistas escogen sus noticias de forma tendenciosa. Las cuestiones que les sean desfavorables las reproducirán, si es que lo hacen, con brevedad; las cuestiones favorables, pormenorizadamente. Asimismo, los otros periódicos tampoco son observadores imparciales de la realidad del país, y, como Linceo, informan acerca de lo que alcanzan a ver desde su punto de observación, sin prestar atención a si se trata de incendios, de mercaderes, de asesinatos o de fiestas de campesinos. En parte son los periódicos los que buscan lo que les interesa contar; en parte es la realidad la que les toma la delantera.

No obstante, entre el silencio y la noticia impresa existen varios niveles intermedios, que pueden agruparse bajo el título de “la presentación”. Si se entrega a alguien un montón de telegramas (W.T.B.1; telegramas comerciales, informes especiales políticos), lo raro sería que fuese capaz, a partir de su lectura, de formarse una imagen del mundo, de distinguir lo importante de lo que no lo es, o incluso de reconstruir las noticias. La “presentación” se encarga de todo. El lector corriente percibe el mundo así como su periódico lo ha organizado mediante los distintos tamaños de letra. Sin saberlo, clasifica las cosas en las que van en mayúsculas y en las que van en minúsculas; y rara vez se da cuenta de que es una pieza más dentro de un cálculo muy inteligente. El autor del titular, el diseñador de los cuerpos de letra, esos sí saben lo que hacen. El lector rara vez sabe lo que lee, y confunde la disposición de los hechos en un periódico con su peso específico en el mundo. Y esto es lo que se espera que haga.

Todos estos métodos se llevan a la práctica con total disimulo. En un excelente librito de O. Rossi (Journalistische Dialektik, publicado en 1920 por la editorial vienesa Jahoda & Siegel) puede encontrarse una recopilación de estas artimañas, y sorprende descubrir cómo éstas tienen tanta mayor eficacia cuanto más primitivas son. Las más peligrosas son aquellas que —como ocurre en la práctica totalidad de la prensa burguesa y sobre todo en los Generalanzeiger— actúan a escondidas. Una editorial del periódico Freiheit no tiene ningún misterio; una noticia local de la Allensteiner Zeitung, con todo su colorido, ya entraña alguna trampa. Un mitin político es un buen método de propaganda, pero mejor resulta la filtración de una tendencia en una fiesta infantil, en la venta de una casa o en una querella contra una compañía de seguros. Y todavía resulta más eficaz, para fines propagandísticos, la noticia acerca de todas estas cosas. De este modo la tendencia se infiltra en un cuerpo que se encuentra indefenso ante ella; ya se ha encontrado el locus minimae resistentiae.

Esto siempre debe haber sido así. Sin embargo, lo que no ha llegado a su colmo hasta con la llegada de la era industrial es la influencia que la realidad ejerce sobre la prensa, la misma realidad que la prensa ha de reproducir. El objeto es el que manda.

Toda institución (de la iglesia católica al consorcio del jabón) pone el máximo interés en que la prensa, en un determinado momento, no hable de ella, y en otro, en que sí lo haga y mucho —y entonces tan sólo en un determinado sentido—. Toda institución moderna toma en consideración este factor, y por ello ha constituido una oficina de prensa afiliada. Bien puede decirse que todos los colectivos económicos y políticos destinan buena parte de sus esfuerzos en presentarse ante la opinión pública bajo cierto aspecto, puesto que el aspecto es más importante que la existencia real, y a menudo trae consigo un éxito inmediato. Los medios son muchos.

En primer lugar están los “contactos”. En la sala de reuniones del Buchhändler-Börsenblatt (uno de los periódicos más reaccionarios y más interesantes de Alemania), un librero recientemente rogó a sus colegas para que todos se esforzaran por “lanzar” reseñas sobre cierta clase de libros en las páginas de los periódicos locales. Sobre cómo hacerlo no se dijo nada. El principio de muchas acciones políticas y económicas consiste en “hacer que la prensa se interese por ello”. No importan los medios que hayan de utilizarse (un banquete, dinero, una mujer o una simple lisonja), pero es seguro que la realidad va a tomar el mando, y a mostrar a la prensa, organismo en teoría imparcial, lo que deba reproducirse. Del mismo modo que, siguiendo a Strindberg, la mujer se esconde detrás de la imagen que el hombre se ha formado de ella y espera agazapada a sus víctimas, así también la realidad se esconde detrás de los artículos de los periódicos y espera a que se produzca el efecto de la noticia que ella ha impuesto.

Cabe considerar en este punto la relación que existe entre el mercado de anuncios y la redacción. Se presenta de forma clara y explícita sólo en los periodicuchos, especialmente en los de provincias. Pero normalmente esta relación es más equívoca —y tanto más peligrosa—, y todo son ponderaciones sobre “oportunidades” y demás “cosas útiles”. No es necesario que el redactor honesto sea consciente de esta relación; como el periódico es un negocio, ya se da por supuesta.

Es poco frecuente el caso de corrupción clara en el periodismo. Esto no es bueno para la limpieza de la atmósfera pública. Si se destapasen casos de corrupción, disminuiría la credibilidad de la prensa, y nadie se la tomaría tan en serio como hoy en día, todo y con ser ahora mucho peor que corrupta: esto es, influenciada. Los redactores se encuentran tan profundamente convencidos de que, antes que la verdad de la noticia, se han de valorar las consecuencias que ésta pueda acarrear, que un organismo profesional llegó a considerar hasta qué punto era conveniente que se informara de la miseria de Alemania. Se contrapusieron las ventajas a los inconvenientes. Nada se dijo de exponer la verdad, cueste lo que cueste.

La realidad se avanza a la prensa y le impone qué ha sucedido y sobre qué debe informarse. Hace mucho que la prensa no tiene un conocimiento puro acerca de la realidad; antes bien, la realidad se ha adueñado de la prensa. Así se silencian cosas y se escribe ingeniosamente. No hay ninguna editorial, glosa o fotografía, tras de la cual no se esconda alguna callada tendencia. Las intenciones siempre se dan a entender entre líneas. Podría cogerse el texto de un periódico y traducirlo a la realidad.

Son varias las consecuencias de semejante servicio de información, cuyos representantes más torpes e inconscientes fueron, durante la guerra, los oficiales alemanes de la unidad IIIb.

Con el tiempo, el redactor llega a padecer delirios de grandeza. Sobre todo el menos perspicaz, el que no ve que no es más que el instrumento de algo más grande que está detrás de él. Con los años ha ido asimilando que lo que él no manda imprimir, para cientos de miles de personas no existe; y que lo que inculca en las cabezas de la gente, repitiéndolo como un loro, se encuentra para ellos en el centro del universo. También él irá otorgando más importancia al efecto que a la realidad.

El lector confía ciegamente en la prensa, debido a que su periódico no muestra su verdadero ser y porque es muy difícil que se dé una influencia sobre la opinión pública que actúe al margen de la prensa y en contra de ella. En la mayoría de los casos, el efecto sobre el lector es el deseado. Aparte de los especialistas, son muy pocos los lectores que se toman la molestia de consultar varios periódicos; y de este modo el lector corriente se forma una imagen del mundo que no se corresponde con la realidad, sino con lo que se dice de ella.

Bien es verdad que la prensa no puede eliminar aquello que tenga una vitalidad realmente vigorosa. Pero sí es capaz de estorbar su crecimiento, meter su fastidiosa mano, conservar en vida elementos nocivos, crear confusión. No se puede silenciar el catolicismo. Pero, en cambio, pueden alimentarse falsas ideas durante cien años. Además, los elementos de la realidad con más poder siempre tienen la prensa en sus manos. Tal cosa es cierta si, en tanto que “los elementos de la realidad con más poder”, se entiende el dominio soberano de la sabiduría de la vida, de la calle y del arroyo.

Ofreciendo una imagen del mundo tan tendenciosamente deformada, los periódicos carecen de toda autoridad para tener la menor pretensión de verdad. Esto jamás podrá repetirse demasiadas veces. El razonamiento de que una noticia “está en los periódicos” y de que por ello es verídica es un razonamiento falso.
¿Cómo mejorar? Después de leer los sugestivos ensayos de Wilhelm Schwedler en la Deutsche Presse, en los que se entrevé cuán tupida ha llegado a ser la red que ha tejido la prensa alemana, a todo ello resulta entonces preferible la corrupción rampante, con tal de que ya nadie se crea todos estos periódicos y correspondencias. Jamás había ocurrido que en un organismo profesional se hablase con tanta frescura acerca de una noticia en tanto que mercancía. Todo pasa por una crítica destructiva de las comunicaciones, por lo que son en la práctica, no por lo que debieran ser en teoría.

La industria, los partidos, el gobierno, la iglesia, todos ellos saben lo que tienen en la prensa. La realidad, tal como la sirve el periódico, ha pasado por una criba. Lo que allí hay no es el mundo. Es:


El mundo
En edición popular reducida y adaptada para uso escolar.

Lo mejor fuera ceñirse al original.

Autor: Ignaz Wrobel ( Kurt Tucholsky, Die Weltbühne, 13.10.1921, Nr. 41, S. 373.)

© de la traducción: Marc Jiménez Buzzi