La sátira en Kurt Tucholsky
En su ensayo, Weimar – ein deutsches Kaleidoskop, Kurt Sontheimer (1974: pág. 18) hace inventario de las actitudes políticas de literatos e intelectuales durante la República de Weimar. El historicista expone cómo en los primeros momentos de la República, los intelectuales de izquierdas reaccionaron con entusiasmo al advenimiento del nuevo régimen y se mostraron confiados en que éste fuera la respuesta a las expectativas de la clase obrera. Pero éste no fue el caso y la intelectualidad de izquierdas adoptó una actitud crítica hacia el nuevo sistema. El grupo más radical en esta crítica fue el de los grandes satíricos de la República, que tuvo en Tucholsky a su máximo exponente. En palabras de Sontheimer, estos satíricos eran
En efecto, Tucholsky se consideraba a sí mismo un pesimista, un negativo (aquí es ilustrativo su manifiesto Wir Negativen, Nosotros los negativos). Tanto su lucidez a la hora de analizar la situación de la nación, de identificar los males que la atenazaban, como su fatal capacidad para adelantarse a los acontecimientos y adivinar las desgracias que iban a llegar en un futuro muy próximo, no le dejaban ser optimista, no le dejaban decir sí.
Y esta misma perspicacia es lo que, condenándolo al escepticismo, impide que de su obra pueda inferirse una clara y explícita lección de cómo háyase de gobernar la república en el futuro. Todos los proyectos políticos, o de cualquier otra clase, se basan en la fe esencial en que éstos puedan llegar a cumplirse, si no totalmente al menos en parte; están fundamentados en la creencia de la posibilidad de que éstos puedan alterar la realidad, y que lo hagan, además, para mejorarla. Tucholsky sabía demasiado para profesar ninguna fe. Sabía que la utópica revolución sólo llegaría si le precedía el derrumbamiento del estado de las cosas. Su obra está dominada por la mordacidad, por un afán de destrucción de los males de la sociedad del momento. Para destruir esos males, sin embargo, antes es preciso haberlos reconocido. Esto a veces es difícil tarea, teniendo en cuenta que la peligrosidad de los elementos que más conviene erradicar muchas veces se encuentra precisamente en su capacidad de camuflarse detrás de la máscara de lo benigno; y para esto, entre otras cosas, es de gran ayuda la sátira. La sátira, que sirve precisamente para desenmascarar lo falaz. Si alguna vez Tucholsky apuntó el dardo de su sátira contra un individuo concreto, no fue más que para que su efecto explotara en perjuicio del organismo o tendencia a la que el ser individual en aquel caso representara. Dígase entre paréntesis que Tucholsky siempre saltó en defensa de aquellas personas que habían de ver sus defectos de índole personal ridiculizados por una sátira fácil e indigna –como en el caso de Ernst Röhm, jefe de las SA y su acérrimo enemigo político, cuya homosexualidad la prensa de izquierdas se dedicó a airear (Schulz, 1959: pág. 102)—. Las cuatro grandes instituciones que fueron el tema y la víctima en la mayor parte de sus escritos satíricos en particular, así como de sus artículos críticos en general, fueron el militarismo, el periodismo, el sistema judicial y el lenguaje; cuatro instancias consideradas por Tucholsky como las que, relacionadas unas con otras y sirviéndose unas de otras, en mayor grado amenazaban la estabilidad y aun la supervivencia de la paz en la endeble República de Weimar. Estas cuatro instituciones, además de representar y de esconder los mismos intereses y tendencias, también compartían el que, auténticos parásitos de la democracia, ellas se escondieran a su vez detrás de la máscara de la honestidad y de la verdad. Como satírico, el objetivo de Tucholsky es desenmascarar a esos elementos, llegando hasta el corazón de su podredumbre, para luego mostrarlo al descubierto a los lectores con la ayuda de algunas técnicas con efecto distanciador tales como la exageración, la alegoría y la analogía paródica, los cambios bruscos de estilo, el contraste o el final sentencioso. En estos términos define Helmut Arntzen la sátira:
A partir de lo que tienen en común las cuatro instituciones objeto de la crítica de Tucholsky, se puede inferir que, al cabo, lo que él quiere combatir es la mentira, la ficción, especialmente cuando ésta se ha configurado con el claro objetivo de servir a los intereses de las clases explotadoras. (Aquí nos servimos de terminología marxista, pero a un nivel muy superficial y evidente que, además de servir a la exposición, se corresponde con la lúcida superficialidad con que el propio Tucholsky simpatizaba con esa doctrina). La antítesis de la mentira es, dialécticamente, la verdad, una verdad que para Tucholsky nada tenía que ver con la enarbolada mediante balas y palabras por dogma alguno; sino una múltiple que él identifica con las distintas realidades de la calle y de la hora. Es una verdad que simpatiza con las clases explotadas, con la de aquellos que no disponen de armas ni palabras con que defender su versión de los hechos, y cuya salida a la luz es imprescindible para que sobre ella estos sectores puedan fundamentar ulteriores logros. Es legítimo enfatizar aquí la obviedad de que la verdad es la antítesis de la mentira, en tanto que la verdad, entendida de esta forma, es el contrapunto que se adivina sin que se haga explícito en los escritos satíricos de Tucholsky. Esa verdad es el ideal del que el satírico parte y ha caído, al no verlo refrendado en su paisaje, justo un instante antes de formular su denuncia de la mentira. Walter Jens dijo de Tucholsky: “Er hasste, weil er ans Gute glaubte.” (“Odiaba porque creía en el bien”). Y el propio Tucholsky se expresa en unos términos que, sin lugar a dudas, explican su recurrencia a la sátira a partir de su condición de “idealista frustrado”:
En esta concepción de la sátira se establece una oblicua relación entre la realidad y su deformación esperpentizada, un reflejo en negativo del vacío que separa a la realidad y a su concepción desde lo ideal. En este sentido apunta la definición que de la sátira hizo Friedrich Schiller:
Siguiendo el hilo de lo aquí expuesto, tenemos a un satírico cuyo empeño consiste en desenmascarar todo lo falaz, todo lo malo que, al no encajar con él, chirría y entra en conflicto con el ideal de lo bueno y de lo verdadero. Esta sátira sirve para advertir al público acerca de la peligrosidad de unas instituciones que fundamentaban su poder inculcando al individuo una visión de la realidad deformada por sus intereses. Y en esta sátira se advierte, en último término, una invitación a que uno se forme una visión del mundo personal, libre, y libre de la autoridad de los elementos de poder que se han satirizado. De esta manera, podemos reconocer en Tucholsky a un educador, a un ilustrador (“Aufklärer”) en sentido puro, en el sentido que Immanuel Kant le diera en su famoso ensayo Was ist Aufklärung? (¿Qué es la ilustración?):
Con su lucha por destapar la verdad de la mentira y denunciar la mentira de la “verdad”, Tucholsky estuvo llevando a cabo esa kantiana función de hacer que sus lectores despertaran de su desconocimiento, de su culpable minoría de edad, y llegaran a ser individuos, pensantes, lúcidos y libres. Esta lección de inteligencia e independencia individual tan sólo podía proceder de un hombre que, como Tucholsky, no tuviera que claudicar la suya incorruptible a la verdad oficial de partido o doctrina algunos. La enseñanza de Tucholsky es, lo que habla a su favor, en negativo: advierte de las mentiras rampantes alrededor suyo y de uno, para erradicarlas. No aprovecha la tabla rasa resultante para inculcar otra verdad tendenciosa, todo lo verdad que se quiera, pero mentira por tendenciosa y partidista, por reduccionista. Éste era el problema de los autores de la Neue Sachlichkeit: después de denunciar, aprovechaban para inculcar su lección, que era la del Partido Comunista, al que estaban afiliados y cuyos dictámenes tenían que acatar, y sus preceptos divulgar. A la luz de esto, no podemos compartir el juicio de Sontheimer acerca de nuestra autor, pórtico de este capítulo. Tucholsky es de talante pesimista y negativo; no puede ser de otra manera. Y, efectivamente, sus sátiras son “ingeniosas, inteligentes y divertidas de leer”. Pero, mucho más que todo eso, ni la lectura de su obra es negativa (es tan constructiva como la de los mejores satíricos), ni el efecto de sus sátiras es equiparable al que produce la obra de un humorista liviano que hace reír al público sin más; le hace reír, le hace pensar, sufrir y aterrarse. Si todos leyésemos a Tucholsky, bien leído como hay que leerlo, no habría guerras en el mundo. |
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