La frase hecha
Una traducción de Kurt Tucholsky Pronto se nos termina el vino,
Pronto se nos termina el vaso. Hebbel Conocí a una dama distinguida y elegante que tenía la costumbre de pasarse el día durmiendo con los ojos abiertos y de no escuchar nunca cuando alguien hablaba con ella. La gente le contaba largas historias, historias como las que acostumbra a contar la gente: chismes de separaciones, quejas sobre el servicio, historias de dinero, y yo qué sé más; y ella dormía sin prestar ninguna atención. Pero cuando el otro había terminado su relato y callaba a la espera de una respuesta pertinente, entonces mi dama hacía su entrada y decía una frase, “la” frase de su vida, la que siempre decía, al cabo de todas las historias, y que se ajustaba a todas ellas: “Sí, sí, ¡es lo que hay...!” Ésta era su respuesta, y lo que había casi siempre era algo malo. Pero esta frase es irrefutable. Efectivamente siempre hay algo. Arthur Schopenhauer definió la dicha como la situación no desdichada, y de esta forma consideraba la desgracia como la cualidad elemental. Y suyo es también aquel dicho formidable que se le ocurrió cuando una vez, en su mocedad, oyera el timbre de la campanilla de la puerta: “Ah...¡ahora, ahora llega!”. Y luego, de viejo, cuando llamaban a su puerta: “¡Ahora ya llega!” Y siempre llegaba algo. (Una vez incluso una costurera, a la que echó escaleras abajo). Si no existiera ninguna aflicción, habría que inventarlas. Pero libres de toda aflicción nunca lo estamos. Siempre hay algo, es lo que hay. Ladrido de perros; condescendencia amorosa de un escote remilgado; un buen vino tinto, pero un camarero grosero, un camarero amable pero un vino peleón; los vecinos de arriba, que retumban en nuestras cabezas porque llevan en los pies barcos de pesca en lugar de zapatos; vástagos no deseados; bancarrota; la Guerra Mundial y una digestión difícil... es lo que hay. Pero la culpa también es nuestra. Nuestra máquina es demasiado grande. No es extraño, pues, que de vez en cuando se le reviente alguna rueda, una cadena se rompa o un tornillo rechine. Con el equipaje que nosotros hoy nos llevamos en un largo viaje, los griegos en su tiempo se ventilaron sus pequeñas guerras, y nunca descansamos. Puedo imaginar claramente a nuestros bolsistas a su llegada al paraíso: hace frío, las entradas son demasiado caras, no hay boletín de cotización, y ellos habían imaginado que todo sería muy distinto. (¿Acaso Eva vende postales? No. Resultado: el Paraíso va a la baja, crac, traslado al infierno. Por lo demás, véase más arriba). Es lo que hay. Nunca hubo frase más pertinente. Y, sepa usted, todo este espectáculo tiene tan poco sentido. Imagínese todo lo que nos hemos llegado a hacer y a decir unos a otros en los últimos años, y ¿cuál ha sido el resultado? Esta Europa. Es lo que hay, y es un poco demasiado para un hombre solo. Y la población de este continente está harto nerviosa, tan nerviosa, que todos a la vez se ponen a buscar algo que no existe; pasean ansiosamente la mirada y encuentran algo que no es lo que buscaban. Pues siempre hay que tener algún problema, cuando no se tiene ninguno, y es lo que hay, y ya se sabe que el hombre ha venido al mundo para luchar. ¿Cómo dice el director de cine? “¡Luz! ¡Cámara! ¡Acción! ¡Primer plano!” La felicidad es algo que el hombre nunca reconoce, dice el sabio. Dónde encontrar todavía la alegría pura? Creo que tan sólo en aquella situación bienhadada en la que aquél, sonriendo de dicha, entrase en el taxi y le preguntase la hora al taxista. Entonces el taxista respondería: “¡Las once, señor!” Y aquél, tomando plena consciencia de la felicidad en este mundo: “¿De ayer...o...de hoy?” Pues esto es la dicha. Pero nuestro hombre se levanta al día siguiente con una fastidiosa resaca, y debe hacer penitencia por haber intentado echarse a volar. Y cae estrepitosamente; y es lo que hay. Pero sentimos nostalgia. De aquel estado en que nos sentimos leves y dichosos; de aquella legendaria casita blanca que es el lugar de la felicidad y el retiro de todas las penas. Allí quisiéramos llegar algún día.
Pero el hogar no tiene calefacción, está al lado de una fábrica de pieles cuya chimenea despide un humo asqueroso, la mujer de nuestra vida ha engordado, y nuestro hijo tampoco es como hubiésemos querido: demasiado inteligente para ser diplomático, demasiado feo para ser actor, demasiado ingenuo para banquero e inepto para cualquier profesión liberal. Estás sentado delante de la casita de tus sueños, los tilos susurran, el arroyo murmura, brilla la luna. Y brota en tu corazón una callada nostalgia de la gran ciudad, de su ruido y de sus engorros. ¿Te llama tu querida Adelaida? Deja que llame. Pero sigue llamando, con voz más estridente, no más melodiosa. Y entras a la casa suspirando... Haz oídos sordos si te proponen bellas inscripciones para tu lápida. Yo sé una que está echa a tu medida, no lo dudes, te va de maravilla. Escribe: es lo que hay. Autor: Peter Panter (Kurt Tucholsky,
Die Weltbühne, 14.06.1923, Nr. 24, S. 701) |
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© de la traducción: Marc Kiménez Buzzi |