La República de Weimar
Una traducción de Kurt Tucholsky
Marc Jiménez Buzzi

“Der Kaiser hat abgedankt, und seine Freunde sind verschwunden. (...)
Das alte und Morsche, die Monarchie ist zusammengebrochen!
Es lebe das Neue, es lebe die deutsche Republik!”

(Citado por Schulz, 1959: pág. 56)

(“El emperador ha abdicado, y sus amigos se han esfumado. (...)
¡Lo viejo y tronado ha muerto, como la monarquía!
¡Viva lo nuevo! ¡Viva la República alemana!”)

Con estas palabras, el 9 de noviembre de 1918 Philipp Scheidemann anunciaba al pueblo el advenimiento de la república, de una nueva forma política que iba a conocerse por el nombre de la República de Weimar y que tendría vigencia hasta el 1933, el año en que Hitler tomara el poder. Ningún otro período de la historia moderna de Alemania ha suscitado, en su análisis, opiniones tan divergentes, como el que comprende esos catorce años. Existe una discrepancia irreconciliable entre una visión fatalista de este período, que lo analiza desde su trágico final y lo define como “el camino hacia la dictadura”, y otra revisión que, concentrándose en aspectos literarios y artísticos, identifica la República de Weimar con la libertad creativa de los “dorados años veinte”. Entre ambos extremos, no obstante, se extiende un amplio abanico de tipos de análisis condicionados, en mayor o menor medida, por el punto de vista desde el que se haya realizado cada uno de ellos; y que se justifican en el espacio libre que la debilidad de los elementos del poder de la República dejó a la merced de poderosas tendencias que se fueron desarrollando en la oposición y en la clandestinidad.

En 1960 se llevó a cabo en Munich un congreso sobre el período de Weimar, al que se puso el título de Die Zeit ohne Eigenschaften (La época sin atributos), en referencia a la célebre novela de Robert Musil Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos), publicada precisamente en los años 20. Este título puede llevar a confusión; a pesar de que este período no pueda explicarse a partir de un único factor característico, no por ello puede decirse que no tenga ninguna característica. Antes bien, lo fundamental en esta época es que, lo mismo en lo político que en lo social o lo cultural, había en juego muchos factores, aun algunos antitéticos; que tanto su fuerza (desde el punto de vista de la cultura) como su debilidad (desde un punto de vista político) residen en el hecho de que ningún tipo de consenso fue capaz de armonizar todas esas características. La variedad y el contraste son los dos términos que mejor sirven a la hora de definir la República de Weimar.

La de Weimar fue una república sin consenso político. De ahí que su estabilidad se viera continuamente amenazada por todos los flancos. En el escenario de la República convivían aún todos los elementos relacionados con las fuerzas políticas preponderantes en el siglo XIX: revolucionarios y reaccionarios, viejos liberales antidemocráticos y neoliberales progresistas, católicos aferrados a la cultura clerical y protestantes más cercanos a lo popular, socialdemócratas moderados y conservadores transigentes con las reformas, detractores a muerte del capitalismo y defensores a ultranza del principio de la plusvalía, fanáticos del principio de liderazgo y partidarios del automatismo de las instituciones que no se daban cuenta que detrás de las instituciones debe haber alguien que las gestione y mantenga en marcha, militaristas y pacifistas, etc. De todas las tendencias ideológicas que hicieron sentir su influencia a caballo entre los dos siglos, la República de Weimar estaba bien surtida de ejemplos. Evidentemente todas estas tendencias ya existían bajo el reinado del emperador Wilhelm, pero la estabilidad de aquel régimen halló siempre un buen refugio en una política harto definida y consensuada. La clase dominante regentaba el poder a sus anchas; a la oposición se la había desterrado.

Aparte de la variedad de tendencias políticas y de partidos —llegaron a haber más de veinte durante este período—, otros factores contribuyeron lo suyo a enrarecer la situación y a atentar contra la estabilidad. En primer lugar, la nación alemana venía de perder una guerra, pero en contra de toda evidencia ciertos sectores de la sociedad todavía negaban que se hubiera perdido del todo (Sontheimer, 1974: pág. 17). Además, estos mismos sectores, que habían estado en el poder durante el régimen imperial, nunca aceptaron los resultados de las elecciones democráticas de principios de 1919. Fueron los vencedores en estos comicios los socialdemócratas, un grupo político que había estado en la oposición antes de la guerra y cuyos militantes habían sido tachados de malos alemanes. El primer presidente de la República, Friedrich Ebert, nombró un gabinete de gobierno formado por hombres a los que, durante la ya extinguida monarquía, se había prohibido la participación en la vida política y social.

La coalición formada por el Partido Socialista Unificado, el Centro Católico y el Partido Alemán Democrático hubo de ver, ya al principio de su legislatura, cómo iba perdiendo influencia de decisión y poder real en favor de los más radicales partidos políticos ubicados a su derecha y a su izquierda: el Partido Alemán Racial y el Partido Alemán Nacional, por un lado, y el Partido Comunista por el otro. Ambos flancos se dedicaron a boicotear, con todos los medios, la recién y mal nacida república: bien por querer reinstaurar la antigua monarquía o instaurar una nueva, los de la derecha; o bien, los de la izquierda, porque era su objetivo completar la revolución proletaria que se había visto impedida en 1919 por las fuerzas del orden y burguesas. En definitiva, la situación política en Alemania era muy difícilmente sostenible, pues los partidos representantes de las dos tendencias ideológicas con más raigambre popular, el nacionalismo y el comunismo, consideraban el marco constitucional instaurado en Weimar como una mala solución de compromiso incapaz de dar acogida a sus indiscutibles aspiraciones.

De la conjunción de estas dos tendencias radicales, y al calor de las corrientes irracionalistas imperantes en ciertos sectores intelectuales, se fue formando poco a poco el núcleo de lo que sería el Partido Nacionalsocialista. Otros factores que contribuyeron al auge del partido de Hitler a finales de los años veinte fueron la crisis a nivel mundial del capitalismo y la debilidad y liberalidad de la propia República. Considerada por los nacionalsocialistas como la mayor vergüenza de la historia de la nación alemana, para el grueso de la población la República había perdido toda credibilidad. La democracia se había vuelto para ellos una incomprensible puesta en escena de intereses y de contraintereses, un torbellino de tendencias irreconciliables que jamás daban su brazo a torcer, cada una de ellas con su propia versión de los hechos y visión del mundo; una función teatral cuyo beneficio no se sentía revertir en la población, sino que se sabía repartido entre sus actores principales.

La crisis de la República de Weimar fue una crisis de autoridad. Gracias a la falta de consenso político, corrientes de todo signo encontraron terreno libre para atacarse furiosamente unas a otras, escupiendo mentiras sobre mentiras en el estado de la libre difamación. Los enemigos de la República de Weimar, sobre todo los de a la derecha, hicieron todo cuanto pudieron con tal de perjudicar a su odiado sistema, y de no dejarle echar raíces. Para ello, contaron con la incondicional ayuda de la burocracia, el sistema judicial y el ejército, tres viejos organismos anclados en su filiación monárquica que servían a la República, en el mejor de los casos, sólo de forma contraproducente. Los elementos monárquicos no estaban tan muertos como Scheidemann proclamara en su enfático discurso: habían actuado a la sombra de la República, incluso desde su seno, para su destrucción. Y en 1933 salieron a la luz de las antorchas, mostrando su cara más terrible, más grotesca.

© Marc Jiménez Buzzi