Introducción a “una traducción de Kurt Tucholsky”
Una traducción de Kurt Tucholsky
Marc Jiménez Buzzi

 

Tucholsky fue ya en vida un autor ampliamente leído. Críticas de teatro, de literatura en general, o textos de crítica y de opinión, los artículos que publicaba casi a diario en la Weltbühne tenían una gran aceptación popular. Sus novelas registraron buenas ventas teniendo en cuenta el momento histórico. Por todo esto puede concluirse que Tucholsky fue un escritor con mucho éxito. Un éxito que no ha hecho más que acrecentarse desde su muerte y hasta la actualidad, y que se materializa en las nuevas ediciones que han ido apareciendo de sus obras o en la buena aceptación de que ha gozado entre las jóvenes generaciones de lectores. No obstante, él no podía conformarse con este éxito, pues su prioridad era que su obra tuviera “consecuencias”. Al final de su vida, desterrado en Suecia y condenado al silencio, Tucholsky se lamentó de que su obra había tenido “éxito sin consecuencias” (“Erfolg ohne Wirkung”).

Bien lejos de la intención de que su obra se acomodara a los preceptos esteticistas del “arte por el arte”, Tucholsky ambicionaba que su palabra llegara al gran público y que, cambiando y educando a éste, se hiciera sentir en forma de cambios y mejoras concretos en la sociedad del momento. En este sentido puede decirse que Tucholsky fue un autor comprometido. Aunque esta etiqueta no se ajusta del todo al autor que nos ocupa. Tucholsky no fue un escritor engagé al uso en cuanto que nunca representó la ideología de una tendencia o partido algunos. Tucholsky estaba comprometido únicamente con su pensamiento, único y visceral. Las consecuencias que había de tener su obra no eran utópicas, no descansaban en un proyecto “constructivo” de futuro. Tucholsky conocía demasiado bien los elementos de poder de su sociedad como para saber que eso no era posible a corto plazo; y para caer en la cuenta de que lo más conveniente en aquel momento era desenmascarar a estos elementos nocivos, que su obra tuviera unas buenas consecuencias “destructivas”.

La República de Weimar ya nació siendo un régimen endeble, pero a medida que avanzaba su corta vida y se acentuaba su debilidad, hubo de ver cómo los elementos que le eran adversos progresivamente iban apoderándose de ella. Los sectores adictos al antiguo régimen imperial nunca acataron la constitución de la nueva República y trabajaron todo lo que pudieron para su destrucción. El militarismo, el nacionalismo y el monarquismo se pusieron su máscara más grotesca en el año 1933 y tomaron la calle y el Estado a la luz de las antorchas. Hasta aquel momento, Tucholsky se había consagrado a advertir sobre un peligro cuya inminencia siempre profetizó. Defendió los postulados republicanos en sus tesis más pacifistas y democráticas, y por ello apuntó el dardo de su crítica contra aquellos elementos que amenazaban la estabilidad del nuevo régimen. Y sobre todo se dedicó a combatir la corrupción de los instrumentos de poder en los que se basaba el militarismo: el periodismo, el sistema judicial y el lenguaje.

Cada uno de los cuatro textos cuya traducción aquí se propone tiene por objeto de crítica a una de estas cuatro instituciones. Prensa y realidad es una crítica de la prensa; Hace ocho años, del militarismo; El cielo de los prusianos, de los jueces; y La frase hecha, del lenguaje. He escogido estos cuatro textos porque en cada uno de ellos es muy clara y representativa la crítica a los elementos mencionados, y sobre todo porque todos muestran a las claras las sutiles relaciones que existían entre las cuatro instituciones objeto de crítica. Además, es perceptible en los cuatro artículos que aquí se traducen el verdadero mensaje de fondo de la obra periodística entera de Tucholsky: desenmascaramiento de lo falaz y exhortación a que cada uno utilice su propia razón para formarse una visión libre, no contaminada, del mundo.

Este mensaje de Tucholsky casi nunca es explícito, sino que es tanto más eficaz en cuanto deja aprehenderse tan sólo entre líneas. Tucholsky es un satírico, un irónico. Un satírico porque su ironía está al servicio de la crítica y el desenmascaramiento de la mentira. Y un irónico porque esta crítica no se formula directamente, sino que muchas veces se esconde en la voz y la opinión del objeto satirizado, adaptándose a las expresiones lingüísticas que lo caracterizan. La lectura de Tucholsky, hoy como antes, es sugerente en cuanto obliga a la deconstrucción de su mensaje, a la reinterpretación. Pero también por eso es una lectura difícil, que implica el conocimiento claro de la voz autoral, por una parte, así como de las referencias a las que ésta alude oblicuamente. Si el lector no comparte estos referentes que Tucholsky da por sabidos (puesto que dirigió su obra a un público perentoriamente contemporáneo), corre el peligro de quedarse a medias y de no poder “traducir” la ironía. Por este motivo, presento en primer lugar la traducción de los artículos Prensa y realidad y Hace ocho años. En estos dos textos Tucholsky no utiliza ninguno de los procedimientos distanciadores y oblicuos de la sátira, sino que expone a las claras cuál es su opinión y cuál el objeto que critica, aquí, de forma bien explícita. De función eminentemente referencial, estos dos artículos servirán para que el lector se familiarice con la voz “seria”, directa, de Tucholsky, antes de tratar de reconocerla bajo las capas de la ironía y de la sátira que envuelven los otros dos textos cuya traducción aquí se propone. Una vez que uno ya conoce el pensamiento de Tucholsky y las circunstancias contextuales a las que su obra no deja de hacer referencia (a este efecto será necesaria la consulta de la primera parte de este trabajo), ya está preparado para llevar a cabo la lectura de sus textos satíricos. De esta manera, ya está preparado para apreciar la lección humanista de este autor. Tal vez pueda decirse que en cada buena lectura del satírico, una que siga todas sus pistas para reinterpretar correctamente el sentido corrosivo de su sátira, la obra de Tucholsky esté teniendo las “consecuencias” que él nunca vio realizadas, por más que estas consecuencias queden circunscritas al campo del pensamiento de cada lector.

© Marc Jiménez Buzzi