Contra el lenguaje
Introducción a la traducción de “Die Redensart” (“La frase hecha”)
“La frase y la cosa son una y la misma” Tucholsky dedicó buena parte de su espíritu crítico a combatir ciertos usos del lenguaje: bien directamente, cuando se fijaba en una palabra cuyo uso se había puesto de moda y le dedicaba una de sus Sprachglossen; o bien indirectamente, cuando para criticar a otro de sus “enemigos”, se fijaba en el uso que estos hacían del lenguaje. Su crítica del lenguaje, en cualquier caso, tiene mucho que ver con la que hacía de los periodistas, y se basa en su reivindicación de la libre opinión personal ante el poder de otra opinión impuesta desde el exterior. En este sentido, Tucholsky propone para la escritura un estilo claro e inequívoco que sirva para el entendimiento entre las personas, y no para el dominio, por medios sibilinos, de un discurso sobre otro. Para esto último servía el estilo de los periodistas contemporáneos de Tucholsky. Los artículos de prensa eran vehículos de persuasión desde los cuales la tendencia que dominaba un periódico trataba de influir y de determinar la opinión de los lectores; y ello, con el uso de ciertas palabras y estructuras gramaticales. Para comprender cabalmente esta cuestión, que no es otra que la del determinismo lingüístico, es necesario hacer un breve repaso de algunas teorías sobre el lenguaje que han puesto el énfasis en ella. A finales del siglo XVIII, Leibniz adelantó una idea que tendría gran influencia en la evolución de la lingüística posterior: “el lenguaje no es el vehículo del pensamiento sino el medio que lo determina y condiciona” (Steiner, 1995: pág. 94) . El pensamiento es lenguaje interiorizado, y pensamos y sentimos como impone y permite la lengua propia. En 1822, con la publicación de Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaues und ihren Einfluβ auf die geistige Entwicklung des Menschengeschlechts (Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano. Y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad), Wilhelm von Humboldt desarrolla la idea del determinismo lingüístico hasta el punto de afirmar que el lenguaje puede ser adverso al hombre. La capacidad de comunicación a través del lenguaje es posible por la concurrencia de dos factores antagónicos. Por un lado, está lo que Humboldt llama “energeia”, que es la potencia, el impulso, “el trabajo de hacer inteligibles y comunicables el pensamiento y la sensación. (...) Producción irrepetible y genuina de cada individuo” (1990: pág. 76 y suig.). Este primer factor es el correlato de los principios de libertad y de individuación que gobiernan toda actividad humana. Pero este principio subjetivo se ve relativizado por su antagonista, el factor objetivo. El segundo elemento que conforma la duplicidad esencial del lenguaje es una fuerza externa que ahorma al individuo y lo obliga a determinar su pensamiento en unos determinados cauces.
Siguiendo esta afirmación del determinismo radical, el hombre no puede percibir más allá de los límites de su propia lengua. La lengua es una estructura más o menos tupida que funciona como una criba para los sentidos del hombre. La percepción se organiza imponiendo la estructura del lenguaje al flujo de sensaciones (“Die Sprache ist das bildende Organ des Gedankens”). A pesar de que toda lengua está profundamente interiorizada, y que en el momento de la “energeia” el individuo se sirve de ella para encauzar su libertad creativa; posee la lengua sin embargo “una identidad exterior que hace violencia al hombre mismo”. El lenguaje abre al hombre puntos al mundo, “pero también tiene el poder de alienar”. El habla humana puede levantar barreras entre el hombre y el universo. En la medida en que los dos factores esenciales de la capacidad de lenguaje mantengan una relación de fuerzas equilibrada, el individuo podrá entenderse con sus semejantes a pie de igualdad. Si, en cambio, el factor objetivo tiene más fuerza que la voz individual, ésta ha de verse acallada por el peso de lo dado, por una visión del mundo que le es ajena e impuesta violentamente. Ya en nuestro siglo, Benjamin Lee Whorf se basó en las tesis deterministas de Humboldt para desarrollar su teoría de los “mundos del pensamiento” (Steiner, 1995: pág. 107) Sus tesis son bien conocidas. Las estructuras lingüísticas determinan lo que el individuo percibe de su universo y cómo lo piensa. Y como dichas estructuras, visibles en la sintaxis y en los recursos léxicos de una lengua, varían ampliamente al tratarse de una lengua o de otra, también los modos de percepción, de pensamiento, las reacciones de los grupos humanos que practican diversos sistemas lingüísticos serán muy diferentes entre sí. Nacen de allí imágenes del mundo fundamentalmente dispares. Los mundos del pensamiento “componen el microcosmos que todo hombre lleva en sí, a través del cual evalúa y comprende lo que puede del macrocosmos”. Como se advierte, la teoría del determinismo lingüístico toma en consideración, como sistemas dispares y determinantes, a las distintas lenguas en su totalidad: las visiones del mundo de un español y de una alemana, por ejemplo, diferirán en el mismo grado que lo hagan sus respectivas lenguas. Al tomar en consideración las diferencias estructuralmente determinadas de las distintas lenguas dentro de una misma lengua, Roland Barthes (1984: pág. 128 y suig.) amplió considerablemente la noción del determinismo lingüístico. Ahora interesa distinguir las diferencias en las visiones del mundo de personas que utilicen distintas variedades lingüísticas de un mismo sistema. Estas variedades estructurales y de designación tienen por condición, según el filósofo francés, la sinonimia, la posibilidad de referirse a la misma cosa de distintas formas y con distintas palabras; y protagonizan en el seno de una comunidad lingüística “la guerre des langages”. Si en Humboldt se advertía una guerra esencial entre el lenguaje “subjetivo” y el lenguaje “objetivo”, y el conflicto se situaba en un plano individual; en Barthes el conflicto se metaforiza y realiza a escala social: distintos lenguajes compiten entre sí por obtener la posición privilegiada de “lenguaje de poder” —de lenguaje que objetiva y determina—. Siguiendo a Barthes, en las sociedades actuales, como resultado de una primera y simple división, coexisten dos clases de lenguajes principales, diferenciables por su relación con el Poder: los discursos encratiques y los discursos acratiques. Los discursos del primer tipo de desarrollan a la luz del Poder, de sus múltiples aparatos estatales, institucionales o ideológicos. Aparentemente “natural”, es el lenguaje de la cultura de masa, de la conversación y opinión corrientes, de la doxa. A éstos se oponen los discursos acratiques, los cuales se desarrollan y estructuran fuera del Poder y en contra de él. Son discursos paradoxales, alejados de la opinión general y dominante, refractarios, que se apoyan sobre un pensamiento, no sobre una ideología. Es el lenguaje crítico. En el contexto de la guerra de los lenguajes, tal y como la expuso Barthes, podemos encuadrar la Sprachkritik de Tucholsky. Nadie más convencido que él de que la lengua es un arma (“die Sprache ist eine Waffe”). En las palabras de moda, en las frases hechas que eran objeto de su crítica, Tucholsky creía reconocer ciertas estructuras de poder, unos conflictos de clase determinados, que aparecían aquí y allá en la superficie del habla ordinaria y del estilo de los periodistas. Al criticar ciertas estructuras lingüísticas, Tucholsky no obedece al gesto del purista ante la incorrección, sino que hace por denunciar las ideologías y a las instituciones que se esconden detrás de las palabras. Unas estructuras de poder que utilizan la lengua como vehículo para inculcar una doxa (el “factor objetivo”) sobre la opinión del interlocutor. Para desenmascarar a esas instituciones, a esas ficciones institucionales, Tucholsky, siguiendo el ejemplo de Kraus, parte de las palabras concretas de su discurso, de un tópico o de una frase hecha. Como ejemplo:
Tucholsky dedicó sus Sprachglossen a la caza de palabras que entonces se habían puesto de moda (“Jagd auf Modewörter”), como por ejemplo “Einstellung” (colocación), “Symptom” (síntoma), “Problem” (problema), “Absenkung” (hundimiento), “Überbau” (superestructura), o “irgendwie” (de alguna manera).
Y los dos colectivos que usaban esas palabras y expresiones, y a las que en último término se dirigía la crítica de Tucholsky, eran el de los militares y el de los periodistas. En la Sprachglosse “Der Türke” (“El turco”), Tucholsky cuenta cómo conoció a un turco en París que sabía hablar alemán y, al oírle, reconoció en él todos los tics del habla de los militares alemanes. Pronunciación nasal, voraz encabalgamiento de palabras, caída de las sílabas finales, y aquel timbre característico del desprecio rácano que considera que el esfuerzo de abrir la boca no vale la pena. Todo se explicaba con el hecho de que el turco había trabajado durante la guerra como intérprete para el ejército de su país, y que por eso estuvo hablando continuamente con oficiales alemanes. Al estilo de los periodistas, Tucholsky lo llamaba “neudeutsch” (“nuevo alemán”), y le adjudicaba las siguientes características: Falta de veracidad, sobrecarga de palabras extranjeras superfluas, abundante uso de palabras de moda, tendencia a la circularidad, a la digresión y a los paréntesis interminables, total, para no decir nada. También criticaba el uso abusivo de palabras técnicas, cuya función era crear el engaño de que el periodista en cuestión sabía de lo que estaba hablando más de lo que en realidad sabía, pues muchas veces utilizaba mal los lenguajes especializados. Criticaba sobre todo la mentira, el dar gato por liebre, lo superfluo y la obsesiva repetición de palabras que no quieren decir nada, incapaces por tanto de dar cuenta de la variedad y complejidad de la realidad. Un buen ejemplo de esto último es Die Redensart (La frase hecha). La dama del relato aplica incansablemente la misma expresión sentenciosa a todas las historias que le cuentan: “es lo que hay”. |
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