Karl Klaus 1898
 
Autor: Karl Kraus
 
 
Traduccido por:
 
Sabine Ribka
 
PETER ALTENBERG

 

¿Quién vivía con ese sobrenombre?
Un ser que elogio ante el poeta.

Se lo leyó muy pronto, se lo alabó después,
al excelso Altenberg, al más excelso Peter.

Tras una gran obra había un hombre aún más grande
que nunca se detuvo tras el Altenberg.

En la mano llevaba el corazón,
a través del amor, la vida y el país.

Nos gritaba con fuerza y luego se callaba,
se hundía ante nosotros y se alzaba en éxtasis.

Nuestro engaño embaucaba siempre con su verdad
y corría huyendo ante nosotros.

Cómo sufría y se precipitaba:
¡nos llevaba consigo por doquier!

Se daba y era fiel sólo a sí mismo.
El viejo mundo era, con su mirada, nuevo.

Como él lo veía, de lejos y de cerca,
era y aparecía, como si Dios lo viese.

Se abría, por un lado y por el otro,
el encanto cambiante de tantas maravillas:

la vida en plenitud, su espíritu, su estilo,
entre el ojo del niño y la barba del viejo.

¡Qué bien la vio, cómo creía en ella
sin dolerse jamás de nuestras risas!

Sólo una paradoja, propia de nuestro mundo:
la escisión que separa el valor y el dinero.

Nos ha legado con su muerte
los llantos que rió sobre su vida.

Aun desde el catafalco nos contempla
la mirada emotiva del granuja.

Su ojo penetró en los corazones
y sintió el dolor y el afecto del perro.

Vio, arriba, el animal, la criada, el niño;
todos los astros lo favorecían.

Os ofreció la vida en vano.
Aunque dio su palabra, sólo creéis en la novela.

No sois sino papel, mas él era una fuerza
cuya ira y bondad fueron ilimitadas.

Él sabía bramar, y vosotros sois mudos.
Sin el bufón, el mundo es más estólido.

Cómo me calentaba yo a su lado.
Un mendigo se fue. ¡Qué pobres somos!