Karl Klaus 1898
 
Autor: Karl Kraus
 
Traducción: Marc Jiménez Buzzi
DISCURSO JUNTO A LA TUMBA DE
PETER ALTENBERG

11 de enero de 1919

¡Peter! Escojo de Tu céntuple vida, de la que una muerte única ha podido apartarnos, no de Tu obra simple, de la que no nos separará, la frase que expresaba tu embeleso ante una pequeña bailarina que apenas si era capaz de hablar tu lengua. Y Tú dijiste: «¡Cómo habla alemán! ¡Nobilísima! ¡¡¡A tu lado, Goethe es un animal!!!». «Goethe estaba de acuerdo —le dije—, incluso Dios lo aprobaba. Y si la literatura alemana viva pudiera servirse de la fuerza de este momento, surgirían obras que todavía serían mejores que el alemán de la pequeña bailarina. Sin embargo, puesto que todos son como mendigos junto a este mendigo, que se elevará a través de toda la humillación temporal al reino del espíritu y la gracia, a su lado todo animal es un Goethe.»

Pues bien, como has subido al reino al que no te seguirá ninguna incomprensión, ni la de la envidia ni la de los seguidores, ¡ahora sí que nos has convertido en mendigos! Pues me da la impresión de que llegará el tiempo en que no nos bastará con el fragmento literario de Tu personalidad, que en efecto es más grande que una época de nuestra literatura, y nos atrapará un deseo de Ti y de la riqueza de todos Tus Momentos, cada uno de los cuales era una inmortalidad. En las profundidades de Tus días, en las hondonadas de Tus noches, en las pasiones y los humores, en el por una parte y el por otra parte de Tu sentimiento, todo ello con ese maravilloso colorido correspondiente al momento único, a la mirada única de Tu Ojo, esa mirada que, emocionada y descollante, fue siempre el asentimiento de tu corazón —corazón libre y, no obstante, como afligido— a toda la belleza del mundo y a la aflicción de todas las criaturas, y sobre todo al corazón de todos los corazones, el del perro, ese perro cuya expectante nostalgia tenía una fuerza comparable solo con la Tuya. ¿Qué memoria sería capaz de heredar esa riqueza? ¡La abundancia, siempre dispuesta a dilapidarse, el exceso de un amor que podía caer del lado de su contrario y, no obstante, era el amor! ¡Quién podría jactarse de haberte conocido a Ti, el abierto a toda compañía, a Ti, el siempre otro, el sustraído a todos, porque Tú eras Tú mismo! En la forma terrenal, el poder de tu ser solo se alejaba de la medida humana, pero en las formas que le dieron el tiempo y el lugar estaba tan por encima de la disminución como estaba expuesta a ella. ¡Trivial solo lo eras desde abajo! Sabe Dios cómo se dio que vivieras en el momento y el lugar en que los rayos de Tu santidad hubieron de romperse en la materia más obtusa, de modo que no quedaron más que centelleos y colores. No sabían que el gorro de bufón con el que les dejabas jugar no era más que el gorro mágico que te volvía invisible, te protegía de ellos y te permitía ver su fondo, oh bufón que nos diste normas. No para la higiene y la dietética de una humanidad futura, tal cosa sería vana. No, como desde una humanidad primigenia, desde un verdadero individuo de Dios, que, todavía no asignado a las estrechas vigencias de las generaciones, vive en el círculo de la creación y tiene el poder de ver y contar con la originalidad de todas las cualidades, antes de que nuestro conocimiento las separara en buenas y malas, y por eso dispone de una capacidad inagotable para maldecir y bendecir nuestro mundo tardío. Tú eras la gracia y la crueldad de la naturaleza; pretensión y concepción del amor; belleza e injusticia del elemento. Una vez atribuí a tu vida de artista el rasgo que han perdido las mujeres en tu esfera exterior: la fidelidad en la inconstancia, la despiadada autoconservación en la entrega, la no venalidad en la prostitución. Y desde que pasaste de la vida a la escritura, y cada vez que lo hacías, el problema de esta genial falta de intencionalidad, que ora ofrece despreocupadamente una perla, ora solemnemente una cáscara, se encontraba en el rincón de las bromas y los pasatiempos del filisteo lector.

¡Ahora ha llegado el momento tan doloroso para nosotros de tener que decirles, al filisteo y a su redactor, que no les pertenecías! Que tu vecindad, tu disfraz, solo se debía al azar de las circunstancias temporales y a la necesidad de ocultarte de ellos. Ahora ha llegado el momento de tu vida, el más triste para nosotros, en que tu ojo ya no nos mira el alma, y ahora se le tiene que decir a todo el mundo, tan alto que lo oigan también los circunstantes, que tú, Peter Altenberg, fuiste uno de esos grandes poetas que solo son prestados a su tiempo, pero que quedan reservados para un mejor uso; uno de los pocos que tuvieron la suerte de recibir un eco cuando gritaban en el bosque, pero el destino de no poder decirlo al mundo. ¡Que tu prosa lírica, que el humor que pone en duda tu tumba y cuyo «por otra parte» ahora se desarrolla en la parte del «más allá», que tu valor para conservar la reverencia ante el niño, el animal y la planta, el corazón miserable de una humanidad expulsada, enseñe la humildad ante la naturaleza a una generación arrogante y aberrante! ¡Sin embargo, mientras pueda recordarte, además de tu rica obra te evocaré a Ti, con toda tu incomprensibilidad, para amarte y enfrentarme a un tiempo que no lo haga! Sirvan de despedida las palabras de los fieles que rodean el cadáver de Götz: «¡Hombre noble! ¡Hombre noble! ¡Ay del siglo que te rechazó!» «¡Ay de la posteridad que te subestime!».