42. Si no tienen pan, que coman pasteles
María Antonieta de Austria (1755-1793)
 

Mucho de lo que se contaba sobre ella se correspondía con los hechos. No era ningún ángel y no tenía un carácter especialmente bueno. Sin embargo, a la postre fueron burdas mentiras las que llevaron a su trágico final. Pero en su penalidad, en sus horas más amargas, María Antonieta impresionó incluso a sus enemigos por su aguante y dignidad.

María Antonieta, la hija menor de la emperatriz María Teresa, no se caracterizaba por su calidez humana ni había recibido una educación que la fomentara. Según el lema «Deja que los otros hagan la guerra, tú, feliz Austria, ¡cásate!», la pequeña Maria Antonia Josepha Johanna, a la que todos llamaban simplemente Antoinette, tenía marcado el camino de una vida llena de poder y suntuosidad, la vida apropiada a un miembro de la casa de los Habsburgo. Apareció el esposo adecuado cuando Francia quería consolidar su todavía reciente alianza con Austria y el poderoso ministro francés Choiseul, antiguo protegido de Madame de Pompadour, sugirió que el joven delfín y más tarde Luis XVI se casara con una hija de la casa real austriaca.

Cuando fue elegida Antonieta, con sólo catorce años de edad, en la corte austriaca se hizo evidente que hasta entonces se había descuidado la educación de la futura reina de Francia y señora de Versalles. Con un curso intensivo se intentó eliminar las carencias, pues al fin y al cabo Versalles era el modelo de la ceremonia y la etiqueta de las cortes de Europa. Sin embargo, quedaron lagunas. Antonieta, hermosa y caprichosa, era antojadiza, superficial y distraída. Sólo la música lograba retener a veces su atención. En una ocasión tocó música con el pequeño Mozart.

En mayo de 1770 llegó a Francia la adolescente mimada y se casó con el delfín, de quince años de edad y carácter bondadoso, si bien espesote y regordete. La coqueta princesa no tardó en enredarse en la tupida red de intrigas de la corte francesa. Falta de experiencia práctica y poco ducha en las astucias y sutilezas diplomáticas, la delfina no logró ganarse el favor de la corte. Todo lo que hacía parecía girar en torno de su pequeño mundo, se la reputó de superficial y se la acusó de derrochar dinero para sus diversiones. María Antonieta disfrutaba con los juegos de azar y no mostraba ningún interés por su pueblo.

En 1774 Luis XVI y María Antonieta se convirtieron en los reyes de Francia. Al principio la población era partidaria de la joven pareja real. El intento de María Antonieta de influir en la política del rey nombrando y destituyendo ministros - intentó por ejemplo restituir en su cargo al anteriormente despachado Choiseul - la malquistó todavía más en la corte y como ejercía su posición caprichosamente todavía se ganó más enemigos. Un encuentro con la soberana podía ser humillante. Uno no podía dirigirle la palabra si la reina no se lo requería antes. Las tías del rey pronto empezaron a llamarla despectivamente «l’Autrichienne» (la austriaca). También la opinión del pueblo dio un vuelco. Se esperaba con impaciencia el nacimiento de un heredero al trono. Sin embargo, la joven pareja no consumó el matrimonio hasta siete años después de la boda, pues un estrechamiento del prepucio convertía el acto sexual en un suplicio para el joven rey. Mientras tanto la reina se resarció con relaciones amorosas con cortesanos y favoritos. Sus vestidos eran extravagantes y muy costosas sus diversiones, como los bailes de máscaras sin el acompañamiento del rey, los juegos de azar o la vida en su palacete Petit Trianon. Sus enemigos supieron dar copiosas informaciones al respecto.

Tras ocho años de matrimonio, por fin María Antonieta dio a luz; pero fue una niña. En 1781 llegó al mundo el delfín Louis Joseph Alexander; fue un gran alivio. María Antonieta abandonó su antigua vida de diversiones y politiqueos y se retiró a su ámbito privado; se dedicó a sus hijos, para los que fue una madre afectuosa. En 1785 estalló el caso del collar de la reina: el joyero Bohmer reclamó a la reina 1,5 millones de libras por un collar de diamantes encargado en nombre de la soberana por el cardenal de Rohan. Se llegó a decir que, para conseguir el collar, la reina habría intentado entablar relaciones amorosas con el cardenal. Ella lo negó todo e insistió en arrestar al cardenal, al que acusó de insultarla al achacarle la compra del collar. El rey confió el asunto al Parlamento, que determinó que la culpa correspondía a un par de aventureros, Jeanne Valois de La Motte y su marido, y disculpó al cardenal de Rohan, engañado pero inocente. La reina, aunque inocente también, fue tratada con gran desconsideración por el pueblo.

En esa época el país y el estado se acercaban a un abismo. Luis, aunque era una persona honesta y de buen talante, no tenía ni la fuerza de voluntad ni las capacidades para llevar a cabo las reformas necesarias. Algunas acciones hechas con buenas intenciones, como la reinstauración del Parlamento, produjeron los efectos contrarios a los deseados. Los poderes establecidos del clero y la nobleza, que llevaban la voz cantante en el Parlamento, se opusieron a cualquier restricción de sus privilegios. En el momento decisivo, el rey negó su apoyo a ministros competentes como el ministro de Finanzas Turgot o, más tarde, al banquero Necker.

Sin saber qué hacer, el 5 de mayo de 1789 finalmente el rey convocó los Estados Generales, una asamblea a la que acudían representantes de la nobleza, el clero y el tercer estado. Desde 1614 no se habían convocado los Estados Generales, y esto significaba la capitulación de Luis como soberano absoluto. Sin embargo, ni él ni sus consejeros advirtieron los peligros que amenazaban a la monarquía. Un nuevo poder estaba preparado para entrar en acción. El tercer estado hacía mucho tiempo que tenía un gran peso en la economía y la sociedad, una importancia que quería ver plasmada en la actividad política. Cuando empezó la asamblea de los Estados Generales, pronto resultó evidente que la nobleza y el clero se negaban a renunciar a sus privilegios, y mucho menos a compartir el poder político. Cuando cuestiones de procedimiento impedían el avance y el rey era incapaz de tomar ninguna decisión, el 17 de junio los miembros del tercer estado se declararon como los únicos integrantes de la Asamblea Nacional.

La mayoría del clero y algunos nobles, los liberales, se les unieron dos días después. El 20 de junio los diputados se sorprendieron al ver las puertas de su sala de reuniones cerrada y custodiada por soldados. Inmediatamente, temiendo la disolución y recelando de un golpe de poder real, los diputados se reunieron en una sala cercana, una pista de juego de pelota, donde pronunciaron un juramento solemne de no separarse hasta dar a Francia una constitución. Luis estaba dispuesto a hacer concesiones, pero se negó a aceptar la igualdad de todos los ciudadanos y la abolición de la aristocracia. A pesar de que los apoyos al Rey entre los diputados disminuían, la amenaza de un golpe militar seguía en el aire; elementos del ejército francés empezaban a llegar a las inmediaciones de París y de Versalles. La situación estalló el 14 de julio de 1789, cuando el pueblo de París respaldó en las calles a sus representantes y asaltó la fortaleza de la Bastilla, símbolo del absolutismo monárquico pero también punto estratégico del plan de represión de Luis XVI, pues sus cañones apuntaban a los barrios obreros. Tras cuatro horas de combate, los insurgentes tomaron la prisión y mataron a su gobernador, el Marqués Bernard de Launay, cuya cabeza clavada en una lanza pasearon por toda la ciudad. La Revolución francesa había comenzado.

Entre tanto María Antonieta intentó convencer a su esposo para huir con la familia a Metz donde había tropas reales. Sin embargo, el rey se negó a huir. Cuando en las próximas semanas el rey una y otra vez rehusó abolir oficialmente los derechos feudales, la gente sospechó que tras la terquedad del rey estaba su mujer, y L’Autrichienne se convirtió en el blanco principal del odio del pueblo.

Entonces cundió con la rapidez de un rayo una anécdota que ejemplificaba su altivez cínica y desalmada. María Antonieta, se decía, habría preguntado, durante un paseo que dio con su cochero, por qué toda la gente parecía tan desgraciada. «Majestad, no tienen pan para llevarse a la boca», le respondió. En efecto, la mala cosecha del año 1789 había hecho explotar los precios del pan; el hambre amenazaba. Y María Antonieta habría contestado a esa explicación: «Si no tienen pan, que coman pasteles» (S’ils n’ont pas de pain, qu’ils mangent de la brioche).

Seguramente María Antonieta jamás dijo estas palabras. Lo más probable es que alguien las extrajera de las Confessions del filósofo Jean-Jacques Rousseau, el escritor de más éxito en la época de la revolución. En su libro escrito entre 1766 y 1770, Rousseau menciona que una princesa –a la que no nombra- pronunció estas palabras cuando vio a gente hambrienta. Algunos sostienen la tesis de que estas palabras habrían sido pronunciadas casi cien años antes por María Teresa de España (1638-1683), la esposa de Luis XIV. En el momento en que Rousseau escribió este episodio, María Antonieta todavía era una niña y vivía en Austria. No obstante, en la Francia de 1789 todo el mundo creía que este comentario cínico sólo podía haber salido de labios de María Antonieta. A lo largo y ancho del país, la reina fue insultada en panfletos y obras de teatro. Incluso se llegó a decir que mantenía relaciones incestuosas con su hijo.

En junio de 1791 la familia real intentó huir. En Varennes fueron reconocidos, detenidos y devueltos a París. Según se cuenta, María Antonieta envejeció de la noche a la mañana y su pelo se llenó de canas. El 10 de agosto de 1792 se produjo la insurrección: las Tullerías fueron asaltadas y la familia real transferida a la prisión del Temple, una fortaleza medieval de París y antigua sede de los Caballeros Templarios. Luis fue depuesto como rey y ya sólo era el «ciudadano Louis Capet».

Desde julio, los revolucionarios estaban librando la que más tarde se llamaría primera guerra de coalición contra Austria, en cuyo bando se unieron varios estados europeos: entre otros el Piemonte, Prusia, Gran Bretaña y España. Las casas reales de estos países no estaban dispuestas a aceptar la sustitución de la monarquía por otra forma de gobierno ni, de forma particular, la eliminación de la monarquía francesa. Al principio, la cosa no pintaba muy bien para los mal organizados revolucionarios. Sin embargo, el 20 de septiembre de 1792, la batalla de Valmy (también conocida como el cañoneo de Valmy) supuso un punto de inflexión en la guerra. Por primera vez el ejército revolucionario logró detener el avance de un ejército enemigo, en este caso las tropas prusianas comandadas por el duque de Brunswick. Goethe, quien formaba parte del séquito del duque de Sajonia-Weimar-Eisenach y fue testigo de la batalla de artillería, por la noche dijo en el círculo de los oficiales del Estado Mayor las célebres palabras: «Aquí y ahora comienza una nueva época de la historia universal, y podréis decir que habéis sido testigos de ello».

No obstante, Luis seguía siendo un peligro para los revolucionarios. El antiguo rey todavía tenía muchos partidarios. Se temía la contrarrevolución. En las calles de París el populacho alborotaba y pedía la cabeza de Luis. Sobre todo el líder de los jacobinos radicales, Robespierre, quería que el rey destronado fuera ejecutado. Finalmente, la Convención Nacional lo condenó a muerte con una mayoría de 361 votos a favor frente a 360 votos en contra. El 21 de enero de 1793 Luis fue decapitado en la Place de la Révolution (la actual Place de la Concorde). La cabeza cercenada fue mostrada a la multitud.

María Antonieta, ahora llamada la «viuda Capet», impresionó a todo el mundo por la piedad, el valor y la dignidad que mostró durante su encarcelamiento en la prisión de la Conciergerie, donde compartió su destino con más de 2.500 presos. Como medida de seguridad, se cegó la ventana de su celda y se la mantuvo bajo vigilancia constante. No podía realizar ningún movimiento sin que un carcelero la siguiera con su mirada. Ya había sido separada de su segundo hijo, quien tras la muerte de su hermano mayor en junio de 1789 se había convertido en el heredero al trono. El delfín murió en 1795, con sólo diez años de edad, en la prisión parisina del Temple. Por último, también la separaron de su hija, el único miembro de la familia real que sobrevivió a la revolución.

El 14 de octubre de 1793, el fiscal Fouquier-Tinville abrió un proceso contra María Antonieta por actividades contrarrevolucionarias. En una sala oscura y con el suelo de madera, la antigua reina hubo de hacer frente a un proceso de quince horas en el que intervino un gran número de testimonios inculpatorios. También fue llamado a declarar el periodista radical Jacques-René Hébert, quien retomó la acusación de que María Antonieta había tenido una relación incestuosa con su hijo menor. Actualmente se sabe que María Antonieta reveló a Austria los planes de ataque de los franceses; sin embargo, entonces esto no se pudo demostrar.

De un modo imprevisto, la digna actitud mostrada por la antigua reina durante su propia defensa motivó muestras de simpatía entre el público. No obstante, la condena a muerte ya estaba fijada de antemano. Escribió a su cuñada Elisabeth, que la había acompañado durante mucho tiempo en prisión y que todavía estaba encerrada: «Me acaban de condenar, no a una muerte deshonrosa –que sólo lo sería tal para los criminales-, sino a que me reúna con vuestro hermano (…) Pido a todos aquellos que conozco (…) perdón por cualquier daño que, sin saberlo, les haya podido ocasionar (…) Adieu, ¡buena y dulce hermana! (…) ¡Os mando un abrazo de todo corazón a usted y a sus queridos hijos!». Elisabeth, que nunca recibió esta carta, al año siguiente también fue ejecutada en la guillotina.

Dos días después de la condena, el 16 de octubre de 1793, María Antonieta subió a una austera carreta que estaba enganchada a un caballo negro. Llevaba un vestido blanco, le habían atado las manos a la espalda y cortado los cabellos encanecidos. Coronaba su cabeza una modesta gorra como las que se ponian las mujeres de aquella época al levantarse por la mañana. Su mirada parecía distante. ¿Se habían resignado su espíritu y su corazón a su destino?

Todo París salió a la calle para ver cómo la carreta llevaba a María Antonieta al cadalso. Durante una hora la siniestra procesión fue avanzando sobre el tosco adoquinado de las calles con destino a la Place de la Révolution. Los sentimientos de la multitud eran variados: el morbo se mezclaba con el afán de venganza. ¿Había también monárquicos entre los mirones? El nuevo estado no bajaba la guardia; en las calles había miles de gendarmes. Cerca del cadalso la gente estaba tan apiñada que la carreta no pudo avanzar. Asustado, el caballo se encabritó. El verdugo y su hijo se pusieron delante de María Antonieta para protegerla. Parecía que todos estos acontecimientos no afectaran a la rea, que ni siquiera bajó la vista. Subió las escaleras de la tarima de madera y se colocó delante de la guillotina. Los preparativos duraron cuatro torturantes minutos, hasta que por fin la cuchilla cayó a toda velocidad. El verdugo cogió la cabeza por los cabellos y la mostró a la multitud, que gritó: «¡Viva la revolución!».

Hébert comentó en su panfleto Père Duchesne: «¡Por fin esta maldita cabeza se separó de su cuerpo de ramera! ¡Pero debo reconocer que aquella carroña fue valiente y arrogante hasta el final!». Medio año más tarde él mismo subió al cadalso, después de implorar en vano lo que le había negado a María Antonieta: clemencia.


Hier stehe ich, ich kann nicht anders — In 80 Sätzen durch die Weltgeschichte.
42.- Wenn sie kein Brot haben, dann sollen sie doch Kuchen essen / Marie Antoinette / Autor: Helge Hesse.
© Eichborn AG, Frankfurt am Main
Ésta es mi posición, no puedo hacer otra cosa — La vuelta a la historia en 80 frases célebres.
42.- Si no tienen pan, que coman pasteles / María Antonieta / Traducido por: Marc Jiménez Buzzi.
© Ediciones Destino.
Here I stand, I can do no other — The history of the world in 80 phrases.
42.- If they have no bread, let them eat cake / Marie Antoinette / Translated by: Steph Morris.

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