La persona en la oración.
(Ilumina mi noche)

La oración: ¡el respirar del alma, el pulso de la religión, el camino al corazón de Dios! Cuando se escribe o se habla acerca de la oración, se recurre a unas imágenes de la vida física que tratan de decir algo sobre la existencia espiritual de la persona religiosa. Pero, aun siendo fascinantes, estas imágenes no nos acercan a la naturaleza de la oración.

Para ello es necesario un lenguaje mucho más sencillo, y se impone comenzar con una definición conceptual: en la oración, la persona se dirige a Dios mediante una locución. Muchas oraciones se ajustan a esta definición: 

Padre nuestro que estás en el cielo.
 Danos hoy nuestro pan de cada día.

Sin embargo, esta primera definición de oración no da cuenta del fenómeno en toda su extensión. Dada la variedad del fenómeno humano de la plegaria, su definición debe ser completada y explicitada en varios aspectos. Puede ser un individuo el que pronuncie su oración en la soledad. Pero también puede ser una comunidad la que se reúna para celebrar el culto a Dios. Dios puede ceder su lugar a otros poderes: a antepasados divinizados, a santos o ángeles, o a una multiplicidad de dioses, según sea monoteísta o politeísta la religión o confesión del orante. Mientras que el Dios monoteísta del judaísmo, del cristianismo y del Islam es una figura trascendente, moradora del más allá, no puede decirse lo mismo de muchos dioses y otros seres divinizados. A menudo encontramos divinidades que no se caracterizan por su trascendencia, sino que se conciben como seres que habitan en el cosmos. Constituyen una región especial del mundo, no se diferencian de éste de forma fundamental y tajante. Así, el indio de Dakota puede dirigirse en su oración al ratón de campo: «Tú que eres sagrado, ten compasión y ayúdame». La petición se refiere al pan de cada día o, más exactamente, a los almacenes de frijoles atacados por los ratones y de los que el indio -compinchado con los animalitos se aprovecha. Si, como cree el indio Omaha, se considera que el sol, la luna y la montaña son seres divinos, entonces cabe interpretar el cosmos entero como una realidad divina; pero como esta concepción no la describe cumplidamente la palabra 'politeísmo' (la creencia en muchos dioses), se ha propuesto para dar cuenta de ella la expresión de 'cosmoteísmo'.

La manifestación lingüística designada como 'oración' puede tomar muchas formas: el fin que persigue el orante determina su forma tanto como el repertorio de oraciones que una determinada religión y época pone a su disposición, y que a menudo son variaciones de fórmulas y modelos de oraciones consideradas clásicos. Ante esta variedad, el lector de testimonios religiosos va de la sorpresa a la confusión. Por mor de la claridad, cabe diferenciar entre cuatro clases de oración fundamentalmente distintas:

- de amparo y purificación
         - de petición y queja
         - de alabanza y gratitud
         - de amor hacia Dios, aceptación de su voluntad.

Consideradas en esta secuencia, las cuatro clases de plegaria conforman un camino espiritual que, partiendo de la toma de refugio en Dios (o en un santo) y pasando por la petición y la queja, alcanza la acción de gracias y, dejada ya atrás toda súplica, culmina en la sumisión a Dios. Con ejemplos entresacados de la antología precedente, vamos a esbozar este peregrinaje de ascensión espiritual.


Mahoma asiste a la plegaria en la mezquita.
Museo Topkapi.
El primer nivel -el de amparo y purificación- puede ejemplificarse mediante aquellas oraciones y fórmulas que ponen al orante bajo la protección de Dios y que permiten alcanzar un estado de recogimiento. Dios es entendido como asilo y refugio, como lugar garante de seguridad, fuera del cual amenazan los peligros, la aflicción y la perdición. Es elocuente en este sentido la oración de refugio del Corán: «Me refugio en el Señor de los hombres, el Rey de los hombres, el Dios de los hombres» (azora CXIV). Esta plegaria es representativa de muchos testimonios parecidos. Ampararse en Dios implica hacerle entrega de la propia vida. En este trance, el orante puede cometer un craso error, pues el diablo tratará de seducirlo -así lo relata el Corán (azora XXIII, 97-98)- para que sea a él, y no a Dios, a quien dirija su plegaria. Incluso cuando se logra entrar en los dominios de Dios persiste, si no un peligro, sí un resto de inseguridad, puesto que la cercanía de Dios exige un grado más elevado de pureza, que bien puede no poseer aquel que busca refugio. Puede lograrse la pureza si Dios, misericordioso, perdona al orante y elimina de su alma el lastre de la culpa. La confesión babilónica caracteriza el primer paso: «Yo, tu servidor, he cometido toda clase de pecados».  Entonces
cumple suplicar el perdón: «¡Sálvame, oh Dios, por tu nombre, hazme justicia con tu poder; escucha, oh Dios, mi oración, atiende a las palabras de mi boca!» (salmo 53). Con mucha concisión lo formula la liturgia cristiana: «Señor, ten piedad», también dicho, o cantado, en griego: Kyrie eleison. No rara vez la angustiada súplica trata de alcanzar de nuevo una gracia divina antes poseída, pero perdida en los errores y extravíos de la vida.

Es característico de la mentalidad moderna -es decir, actual- que el primer peldaño de la oración no sea accesible sin más a muchas personas, pues se experimenta la ausencia de Dios. «Te he buscado de dolor en dolor, Señor y Dios mío, ¿ dónde te puedo encontrar?», leemos en el poema de Annette van Droste-Hülshoff, y el joven Nietzsche no implora al Dios de la doctrina cristiana, sino al «Dios ignoto». Así, el orante debe avanzar a tientas hacia el objeto de su esperanza, antes de poder ponerse bajo su protección. El lenguaje a menudo seco de las oraciones del primer nivel no nos oculta el hecho de que el devoto anda por un camino que lleva a una cercanía y familiaridad o aun amistad cada vez más grandes con Dios (o con un dios o una diosa) o con un santo. Novalis escribe los siguientes versos en el primero de sus Cánticos espirituales:

¿Quién sin un buen amigo allá en el cielo
         soportaría la vida en la tierra?

Para designar la estrecha relación que se establece entre una persona y su confidente divino, la ciencia de la religión ha acuñado el término de 'devoción personal'. Esta forma de espiritualidad se caracteriza por el afecto que un individuo siente hacia su acompañante divino -una suerte de ángel de la guarda-, quien le socorre lo mismo en la infancia que en la vida adulta y al que puede dirigirse siempre que se vea en apuros. Otra expresión científica -el 'Dios personal'- se refiere a la vida personal de un individuo entendida como ámbito de la actuación divina. Con independencia de su responsabilidad tradicional en cosas como la sabiduría, la guerra o las cosechas, muchos dioses o diosas pueden asumir el papel de un espíritu que vela por el individuo y le conduce por los caminos de la vida. El ideal de la persona que vive en amistad con un compañero divino es como una estrella guía que resplandece a lo largo de toda la historia de la religión.

Las plegarias del segundo nivel-petición y queja- dominan en las oraciones de todos los pueblos y épocas. Junto a la petición del pan de cada día, encontramos el ruego de lluvia para las cosechas, de protección frente a los enemigos, éxito en la lucha de la vida, curación de enfermedades, liberación del cautiverio, ayuda en cualquier embrollo imaginable. Cuando oímos que se reza suplicando un camino llano -un deseo comprensible en épocas sin caminos asfaltados- intuimos en ello un acento arcaico. Deben transcurrir miles de años para que la súplica por el «camino llano» pierda su anclaje en una realidad concreta y se integre en la alegoría de la vida como camino. También es fundamental la petición de descanso nocturno: «[Ahorranos, oh Dios, los castigos, y haznos dormir plácidamente, y también a nuestro vecino que padece') (Matthias Claudius). En cuanto desaparece la necesidad perentoria y asoma el sosiego, los bienes materiales ceden su lugar como objeto de la súplica a los dones espirituales: humildad, modestia, una visión clara, comprensión, sabiduría e incluso el sentido del humor. Una conocida oración recogida en la presente antología reza: «Dame, Señor, el sentido del humor, concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría».

Un ingrediente presente en muchas tradiciones de oraciones es la celebración (el tercer nivel). A diferencia de los dos primeros niveles, aquí ya no aparece en primer plano la indigencia de la persona ni se subraya la distancia que separa al hombre de Dios, una distancia insalvable y magnificada si cabe por el pecado. Conjurados el peligro y la enfermedad, concedido el pan de cada día, lograda la victoria, predominan ahora el agradecimiento y la solemnidad en el tono. Se expresa la alabanza y la gratitud, a veces de forma sencilla, como en la bendición de la mesa; pero muchas otras veces mediante himnos enfáticos. Según el patrón más habitual (si bien no presente en todas las lenguas), la gratitud presupone siempre una ayuda divina concreta, mientras que la alabanza celebra la inimitable grandeza y gloria de Dios así como su eterno gobierno sobre la naturaleza y la historia. El himno de Akhenaton al dios del sol, el salmo de la creación (salmo 104) y el Canto al sol de san Francisco de Asís glorifican al Dios que impera sobre la naturaleza. Estos himnos no sólo son ejemplos de una poesía sublime, sino que muestran también una finalidad pedagógica: en su arrebatado brío, el himno adoctrina sobre la influencia universal de Dios, que afecta en igual medida a los hombres y a los animales.

Lo que llamamos 'oración superior' -el cuarto y último nivel- representa la culminación de los dos niveles anteriores. Tras la renuncia a la petición y la queja (segundo nivel) y olvidando el deseo de bienes fungibles así como toda pretensión a que la plegaria sea atendida, el orante se somete, todo humildad, a la inescrutable voluntad de Dios. Está dispuesto a recibir cualquier destino que provenga de la mano de Dios, por terrible que sea, sin queja y aun con agradecimiento. «Señor, mándame lo que quieras, un amor o un dolor; yo estoy contento porque ambos provienen de tus manos» [Morike]. Llevadas a sus últimas consecuencias, la alabanza y la gratitud hacia el Dios propicio (tercer nivel) dan lugar, llegados al nivel de la oración superior, a la celebración del amor entre Dios y el alma humana. El amor de Dios y la devoción mística sólo son accesibles a unos pocos orantes en estado de gracia, los cuales, traspuestos los límites del lenguaje, suelen echar mano del vocabulario erótico. La unidad entre el ser humano y Dios en la fusión amorosa presupone un elevado grado de pureza del alma y conlleva una divinización de la persona. En consonancia con la rareza de estas experiencias, nuestra antología sólo recoge unos pocos testimonios de oración mística: «Mi alma con la tuya se ha mezclado,/como el agua con el vino», leemos en el místico islámico Rumi, y la poetisa judía Else Lasker-Schüler invita a Dios al juego amoroso: «Mi primer florecer de sangre te anhelaba, ven entonces, tú, dulce Dios, tú, Dios compañero de juegos». Damos aquí con un lenguaje atrevido, entroncado con la mística, en el que el respirar del alma alcanza su mayor profundidad y el pulso de la religión, su latir más veloz. El místico ha entrado en el corazón mismo de Dios.

Esperemos que la presente antología de oraciones contribuya a comunicar el sentido de una actividad que, en tanto que respirar del alma, pulso de la religión y camino hacia el corazón de Dios, está arraigada en una tradición que comprende a toda la humanidad, una tradición jalonada por testimonios de gran belleza y que todavía puede seguir produciéndolos.


www.marcjimenez.com