AdolfHitler y Herman Göring, años 30
Adolf Hitler y Hermann Göring en Obersalzberg en una fotografía de los años 30
La avidez lectora de Adolf Hitler
Xavi Ayén
La Vanguardia
2 de mayo de 2010


Los libros del Gran Dictador de Timothy W. Ryback

Hitler confesó que los westerns del alemán Karl May
le "abrieron los ojos al mundo".



Asumámoslo: Hitler leía. Dos ensayos recientes se ocupan de analizar detenidamente la biblioteca del Führer, destacando los volúmenes subrayados y anotados por uno de los dictadores más crueles de la historia, prueba inequívoca de que le influyeron de algún modo. Junto a mucha literatura de consumo –policiaca, del oeste...– y panfletos políticos o elucubraciones esotéricas de bajísimo nivel, se hallan también obras de autores como Shakespeare, Jünger, Ibsen, Kant, Maquiavelo, Cervantes o Gracián. E incluso claros indicios de que supo quién era Àngel Guimerà y su Terra baixa, gracias a su amiga, la cineasta Leni Riefenstahl.

El historiador norteamericano Timothy W. Ryback publica Los libros del Gran Dictador (Destino), mientras que el madrileño Juan Baráibar López es el autor de Libros para el führer (Inédita), dos obras que comparten objetivo: desentrañar algunas claves del pensamiento y las acciones de Hitler a partir de los libros que leyó. Si Ryback ha tenido acceso directo a los volúmenes –básicamente, en la sección de libros raros de la Biblioteca del Congreso de Washington– y hasta encontró un pelo negro de bigote en uno de ellos, Baráibar hace hincapié en cuestiones de especial interés desde la perspectiva española. Ambos volúmenes dinamitan la imagen buenista de la lectura, una actividad a menudo mitificada en las campañas institucionales como fuente de virtudes. "Leer mucho o poco, como practicar el vegetarianismo o evitar el tabaco, no hace más tolerante ni mejor persona a nadie", concluye Baráibar.

La biblioteca del dictador se dispersó tras la guerra pero llegó a los 16.300 volúmenes. Y aunque para Hitler las grandes novelas universales son el Quijote, Robinson Crusoe, La cabaña del tío Tom y Los viajes de Gulliver (por este orden), fue también un devorador de los livianos westerns del alemán Karl May. "Le debo –confiesa– mis primeras nociones de geografía y la apertura de los ojos sobre el mundo. Lo leía a la luz de la vela o al claro de luna, ayudado por una enorme lupa". Durante la guerra, recuerda Baráibar, reprochó a sus generales su falta de imaginación "y les recomendó estas novelas de aventuras, pobladas de vaqueros, indios, beduinos o exploradores, para que extrajeran de ellas ideas para la estrategia". Cuando, en 1942, el ejército alemán fracasó en el frente ruso, Hitler devoró Yo Claudio y Claudio el dios, de Robert Graves. Y tenía, encuadernadas con sus iniciales, las obras completas de William Shakespeare, a quien consideraba superior a Goethe y Schiller porque "la imaginación del inglés se había alimentado de las fuerzas proteicas del imperio británico, mientras que los dos dramaturgos teutónicos habían malbaratado su talento en historias de crisis personales y rivalidades entre hermanos", apunta Ryback.

El español Ernesto Giménez Caballero, en 1933, tuvo la osadía de enviarle a Hitler su deleznable ensayo La nueva catolicidad, y años más tarde, en 1941, se vio con Goebbels un par de veces para sondear las posibilidades de un matrimonio del Führer con Pilar Primo de Rivera, para crear así una nueva dinastía hispanoaustriaca. Según él, fue Magda Goebbels quien le quitó la idea de la cabeza al decirle que Hitler no podía procrear a causa de una herida de guerra.

En el penúltimo cumpleaños del Führer, la cineasta Leni Riefenstahl le regaló, dedicado cariñosamente, un álbum de fotografías de Tierra baja, el filme basado en la obra de Àngel Guimerà (1845-1929) en el que trabajaba desde hacía años, y que no logró concluir hasta 1954. Así, Hitler tuvo noticia de este clásico de la literatura catalana, rodado en España con gran dispendio (Goebbels anotó en su diario en 1942, alarmado por los gastos: "Me alegro de no tener nada que ver con este caso desgraciado y que, por lo tanto, no me alcance ninguna responsabilidad"). Riefenstahl, acusada de haber empleado como extras a gitanos procedentes de campos de concentración, estableció contacto en España con los toreros Belmonte, Manolete y Bienvenida.

Ryback explica que Hitler fue un lector ávido, que en ocasiones salía a un libro diario y que desarrolló una eficaz técnica de lectura rápida que le permitía extraer –y memorizar– de cada título los elementos que consideraba útiles para su discurso.

Ryback y Baráibar son contundentes al establecer que la alta filosofía no inspiró a Hitler, lo que libera a Nietzsche, Fichte o Schopenhauer de mucha culpa (de este último, tenía su traducción del Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián, cuyas enseñanzas poco aprovechó). Sus fuentes fueron, más bien, obras menores, "libros baratos y tendenciosos sobre esoterismo", en expresión de Ryback.

Sin embargo, sí subrayó los escritos de Ernst Jünger sobre la Primera Guerra Mundial (ambos coincidían en ver "la carnicería bélica como algo ennoblecedor y transformador", señala Ryback). Otra curiosidad es la gran influencia de autores norteamericanos, en especial el industrial automovilístico Henry Ford, a quien veía como un modelo y cuya obra El judío internacional: el principal problema del mundo fue uno de sus referentes.


Los libros del Gran dictador, las lecturas que moldearon la vida y la ideología de Adolf Hitler. © Ediciones Destino
© de la traducción Marc Jiménez Buzzi