Dos visiones del horror

Autor: Alberto Vallejo
Modificado el lunes, 24 de septiembre de 2007

          Los testimonios del horror es un tipo de literatura que siempre me ha atraído. Autores como Frank, Levi, Jünger, Klemperer o Solzhenitsyn, entre otros muchos ejemplos, han dejado constancia de su inmersión en ese abismo que, últimamente, cada vez me cuesta más digerir hasta el punto de desencadenar problemas físicos así que, en la medida de lo posible, suelo espaciar su lectura. Sin embargo, he leído en las dos últimas semanas un par de volúmenes bien distintos al respecto.

          El primero titulado «A diez metros bajo el suelo de Bélgica» lleva el revelador subtítulo de "Una historia de amor epistolar en la primera guerra mundial" pues reúne la correspondencia sostenida desde febrero de 1915 a mayo de 1916 entre un soldado inglés y su novia. La edición ha corrido a cargo del hijo de ésta última. Se trata de un pequeño volumen que no llega a las 150 páginas y que se lee fácilmente. Dos cosas me han llamado la atención de este intercambio epistolar. La primera ha sido comprobar como el estado de ánimo del hombre se va diluyendo a medida que se aproxima al vórtice del horror. El caballeroso y burlón oficial -como no podía ser de otra manera en un británico- que se nos muestra en el cuartel de entrenamiento en la metrópoli, cuya mayor preocupación parece ser el crecimiento viril de su pelirrojo bigote; tras ser trasladado al frente se diluye sutilmente y se convierte en un hombre acrisolado por el horror que se presenta aquí con el rostro, hoy inimaginable, de la laminadora de la guerra de trincheras en la cual, curiosamente, se convirtió en un topo, en un minador, de ahí la explicación de una parte del título del libro. Así pasamos de esta frase escrita el 27 de julio de 1915 «Sólo en una ocasión les he reprochado a los alemanes que me hayan traído hasta aquí para convertirme en un incordio para ellos, y fue cuando recibí tu telegrama (...) Pero de nada sirve poner el grito en el cielo. Kitchener no pertenece a mi círculo de amigos, así que tendré que dejarlo pasar» a esta escueta sentencia del 1 de abril de 1916: «Por aquí no nos interesan los problemas de los demás.» La otra cosa que me llamó la atención está en la introducción de Arthur Stockwin. Afirma que en Geoffrey -nombre del oficial- «hay algún comentario implícitamente antisemita»; pero añade más tarde «son casos insignificantes»[1]. De haberse echo antes de 1930 -ignorando la acusación de Zola- quizás hubiera pasado desapercibida, pero a día de hoy resulta terriblemente desacertada, pues pone de manifiesto que los prejuicios hacia los judíos no constituían un rasgo inveterado de una nación determinada, sino que traspasaban las fronteras y abarcaban todo el hemisferio septentrional, desde Siberia hasta Alaska. Sin embargo, con la siniestra perspectiva del siglo XX de por medio, la afirmación de este profesor de Oxford minusvalorando estos pequeños detalles en aras del afecto hacia su madre o la memoria del oficial, resulta reprochable.

          El «Diario de Nina Lugovskaia», por su parte, ofrece otra cara del horror completamente distinta. Está escrito entre octubre de 1932 y enero de 1937, entre los catorce y los dieciocho años de su autora y narra en la mayor parte de sus cuatrocientas páginas las inquietudes propias de una joven que, salvo por el cambio de hábitos y costumbres, no se diferencia gran cosa de los anhelos de una adolescente de nuestra época. Pero no es ahí donde radica su valor, sino que éste le viene conferido por circunstancias ajenas al propio diario. Según se dice en el libro, el 3 de enero de 1937 fue hecha la última anotación del diario. Al día siguiente la policía registró el piso en el que Nina vivía con su familia. Requisaron toda la correspondencia relacionada con su padre, los libros sobre socialistas revolucionarios y los diarios de Nina y de su hermana Laia. Ello dio inicio al proceso y a la detención de ambas. Nina fue condenada, y aunque nada se dice en el libro del proceso, a la luz del Archipiélago Gulag de Alexander Solzhenitsyn, no resulta descabellado creer que fue condenada en aplicación de alguno de los apartados -intuyo que el décimo- del artículo 58 del Código Penal soviético ya que, como explica el propio Solzhenitsyn, un diario íntimo se entendía como una publicación tendente a derribar, socavar o debilitar el régimen soviético. Tras la condena Nina fue trasladada a Kolimá, «Región fluvial siberiana rica en minerales y yacimientos de oro. Fue una de las zonas más duras de reclusión, únicamente accesible desde el océano Glaciar Ártico y unos pocos meses por tierra»[2] -Verlam Shalamóv dio cuenta de cómo era la vida allí en sus relatos-, siendo liberada cinco años más tarde aunque no pudo abandonar Siberia hasta 1947 y nunca regresó al Moscú de su adolescencia, ni volvió a escribir, dedicándose a la pintura. El Comisariado del Pueblo del Interior o NKVD -variante durante los años 1934 a 1943 de lo que en 1917 comenzó siendo conocida como la Cheká y concluyó con las siglas KGB- fue el encargado de estudiar el diario y, tras el proceso, archivarlo como prueba en el correspondiente expediente. Eso fue lo que lo salvó. Con la Perestroika y la apertura de los archivos fue rescatado y así fue como, sin pretenderlo, la tortilla dio la vuelta. La edición de El Aleph, acertadamente, ha mantenido los subrayados que la Instrucción realizó en las anotaciones de Nina con lo cual al lector se le ofrece no sólo la visión de ésta, sino también el pensamiento de la Instrucción. Es pues esta mirada la que confiere un valor añadido al texto de Lugovskaia, porque uno descubre cómo lee el horror, y siente su mirada atenta, como una sombra, sobre la propia del lector, más si cabe en mi caso particular, pues,desde hace años tengo la costumbre de subrayar los libros, lo cual generó -aunque no creo que esa fuera la intención de los editores- una desazón añadida en mí. Se solapan así los dos puntos de vista, el de la autora-víctima y el del verdugo. En esa relación, cuando Nina se muestra arrebatada, se pierde. Eso ocurre cuando ella desea morir «¿Por qué no puedo envenenarme? A veces lo desearía, incluso sueño con ello, pero sé con total certeza que no me envenenaría.» Esta frase es el primer subrayado inquisitorial del diario. Pero también ocurre cuando habla de los bolcheviques. Así por ejemplo escribe: «Hacia las once anunciaron que el camarada Kirov, miembro del Politburó, había sido asesinado en Leningrado. ¡Oh, Dios mío! exclamó Yevgeni tocándose la mejilla y con voz compungida. Me dio vergüenza el hecho de que aquella noticia no me hubiera turbado en absoluto, es más, me sentía contenta. Eso significa que la lucha continúa, que aún existen organizaciones e individuos justos. Significa que no todos se tragan los embustes del socialismo, no lamentaba haber sido testigo de aquel hecho terrible y sensacional. Que no podrá traer más que consecuencias turbulentas. Durante el resto de la velada sólo se habló de aquello» Nina -y el anterior es uno de los pasajes más finos- no se corta un pelo a la hora de despotricar contra los bolcheviques, los cuales ya rondaban buscando las cosquillas a su familia desde antes que Nina iniciara su diario. Pero los ataques de Lugovskaia no son fanáticos sino de una lucidez que causa asombro si se piensa en la edad que tenía su autora en tales fechas. En la nota del 31 de agosto de 1933 nos describe, no exenta de lirismo, la hambruna en la cual estaba sumida Ucrania y sus funestas consecuencias: «En Rusia suceden cosas extrañas. Hambre, canibalismo... La gente que llega de la provincia cuenta muchas cosas. Explican que no les da tiempo de recoger los cadáveres de las calles, que las ciudades de provincias están llenas de hambrientos, de campesinos andrajosos. Por todas partes se sucede el pillaje y el bandolerismo. ¿Y Ucrania, la fértil, vasta Ucrania?...¿Qué ha sido de ella? Ya nadie la reconoce. Es estepa muerta y silenciosa. Ya no se ve el alto centeno dorado ni el trigo sedoso, no ondean al viento sus cargadas espigas. La estepa está cubierta de malas hierbas. Ya no existen los grandes y alegres pueblos ucranianos ni sus blancas tiendas, ya no se escuchan las vibrantes canciones ucranianas. Aquí y allá pueden verse aldeas muertas, vacías. Todos los hombres han huido. De forma obstinada y sin tregua, los fugitivos afluyen a las grandes ciudades. En más de una ocasión los han hecho retroceder, largos convoyes enteros condenados a una muerte segura. Pero todos luchaban por sobrevivir, en su intento de llegar a Moscú la gente moría en las estaciones ferroviarias, en los trenes. ¿Y qué está pasando en los campos ucranianos abandonados? Ah, los bolcheviques también han conjurado ese peligro. Han enviado hasta allí a los chicos de la Guardia Roja para segar insignificantes parcelas de tierra sembrada en primavera.» Nina es consciente hasta cierto punto de que las cosas pueden irle mal dadas y así lo pone de manifiesto en varias ocasiones, si bien el horror no se manifiesta de una manera tan tangible que resultase asfixiante. No al menos en los diarios que se han conservado, pues la madre de Nina, suprimió varias hojas por la seguridad familiar. Esta actitud revela que tenían conciencia del horror, pero no de sus verdaderas dimensiones y atributos, lo cual es comprensible: ni siquiera los propios verdugos, muchos de los cuales acabaron siendo víctimas del engranaje al que se aplicaban con tanto celo, eran conscientes del abismo que estaban abriendo. Casi la totalidad de los subrayados tiene como fin obtener la carga de la prueba, de apoyar las acusaciones, pero hay algunos de ellos que parecen escapar a esa intención primera y que, sabiendo cuanto hoy conocemos, resultan quizás más aterradores pues con ellos el terror retorna a su reino irracional plagado de sombras. Así el 15 de agosto de 1934 un escueto subrayado: «Van a casa de los Anosov». Es inquietante imaginar que una frase tan simple pudiera inculpar a alguien generando la apertura por parte del NKVD de algunos expedientes más. Una inquietud cargada de ironía espeluznante si se tiene en cuenta que el 21 de enero de 1933 Nina, tras dar cuenta de una conversación con la madre de una compañera de colegio cuyo esposo ha sido detenido, escribe, sin que la Instrucción subrayará ni la frase ni la conversación precedente: «Sabían que por mi nadie se iba a enterar de nada». Quienes descubrieron el texto nos revelan al final que el diario de Nina fue usado contra su padre. Pero nada nos dice si Nina lo supo, ni siquiera si lo intuyó pues, como ha quedado dicho más arriba, guardó silencio durante el resto de su vida. Frases no subrayadas. Es otra manera de mostrar el rostro del horror aunque aquí sus rasgos aparezcan más difusos. Al igual que el oficial inglés Geofrey Boothby, en Nina aflora el antisemitismo que en este caso es imputado a la educación paterna, pues como se nos revela al final «Muchos de los amigos y confidentes mencionados en el diario son judíos. Es más, sabemos que Nina, unos años más tarde se casó con un judío, Víctor Templin, con quien vivió hasta el final de sus días.» No obstante llama la atención que ninguna de esas afirmaciones, antisemitas fueran subrayadas por la Instrucción. ¿Por qué? Responder que ser antisemita no era un delito tipificado por el artículo 58 u otro cualquiera sería demasiado simple e ignorante, pues uno no conoce a fondo el Código Penal Soviético. Pero, aún desde la ignorancia me aventuro a creer que tal actitud se debiera al arraigo del antisemitismo en la conciencia eslava, lo que en este aspecto no la diferenciaría gran cosa de la occidental; una conciencia reflejada en los cuadros de Chagall o en los libros de Joseph Roth, por poner un par de ejemplos, y que finalmente provocaría en los años sesenta del pasado siglo sutiles progromos mediante los cuales se depuró a los judíos de puestos clave en los países del Pacto de Varsovia. Entonces el recuerdo de los campos de concentración estaba demasiado fresco para ir más allá pero ello, irónicamente, jugó en contra de las víctimas y a favor de los verdugos, pues en la práctica nada se supo de los sufrimientos devenidos ante tal depuración. El 12 de noviembre de 1933 Nina concluye la anotación de día con la siguiente frase -párrafo que la Instrucción subrayó-: «Tarde o temprano llegará el día en que maldeciré el momento en que nací.» Con esta profecía hecha realidad, tenía intención de acabar este comentario, pero prefiero hacerlo con una anotación de tintes bien distintos. Nina Lugovskaia quería se escritora. Ese deseo dejó su rastro en su diario. En sus notas reflejó no sólo sus lecturas en las que aparecían desde clásicos como Lermontov, Tolstoi o Goncharov, este último a través del oblomovismo que invadía en ocasiones a la autora, a otros completamente desconocidos para un servidor como Avenarius. Además afloraban los anhelos y temores de quien duda si será capaz de hacer realidad su sueño. Pero entre todos esos apuntes me quedo con una frase que revela el placer que le reportaba escribir y es con ellas con la que concluyo «Ah, como me gusta escribir. Después de haber escrito me siento tranquila. Como si una mano hubiera vuelto a ponerlo todo en su lugar dentro de mi alma.»[3]

[1] «A diez metros bajo el suelo de Bélgica. Una historia de amor epistolar en la primera guerra mundial» Edición de Arthur Stockwin. Traducción de Marc Jiménez y Simón Saito. Ariel. Barcelona.
[2] Alexander Solzhenitsyn.- «Archipiélago Gulag (1918-1956)» Traducción de Enrique Fernández Vernet -quien también es el autor de las notas de donde se ha extraído la descripción de Kolymá- y Joseph María Güell
[3] Nina Lugovskaia.- «El diario de Nina». Traducción de Manel Martí y Helena Aguilà. El Aleph. Barcelona.

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